4 de junio de 2013

La edad de la punzada, Xavier Velasco | Reseña

Sinopsis: Esta es la historia del peor alumno del colegio. Corrección: de la historia del colegio. Con casi catorce años, unos cuantos apestados sociales por amigos y el boletín de calificaciones constelado de círculos rojos, nuestro protagonista sobrevive a un instituto sólo-para-varones soñando a toda hora en esas vecinitas a las que nunca ha osado saludar. Si otros inadaptados no saben lo que quieren, él lo tiene tan claro como su timidez: una moto y una chamarra negra. Decidido a contradecir al retrato embustero del niño con su afgano que preside la sala de su casa, el narrador busca la mejor fórmula para fabricar pólvora, combate a sus vecinos con un rifle de diábolos y bombas incendiarias, roba huesos en sus visitas al panteón, acaba con los nervios de dos padres querúbicos y de paso se deja enardecer por toda suerte de antojos secretos. Esta novela cuenta la historia de una de esas adolescencias en picada donde todo parece salir mal, en medio de una prisa por vivir que invita a acelerar y cerrar los ojos, hasta que cualquier día se despierta en lo hondo de un auténtico infierno para adultos: allí donde la risa es un mero recurso de sobrevivencia.

Unos meses después de acabar Diablo Guardián en una lectura maratónica, mi papá me convenció de leer La edad de la punzada, libro que acabo regalándome en la feria del libro del INAH (una feria del libro bastante decepcionante). Y me gustó. Empecé a leerlo sin demasiadas pretensiones, sin entender por dónde iba su trama, mientras un chico que yo hubiera odiado conocer en el colegio  nos contaba cómo se convertía en el campeón de las materias reprobadas al tener el boletín completo en rojo.

El protagonista, que se llama Xavier —lo que sabemos por unos cuantos diálogos—, es aficionado a reprobar materias, tiene unos padres que son la viva imagen de la irresponsabilidad paterna (¿quién le daría una moto a ese crío?, ¿o un carro?) y unos verdaderos rechazados sociales por amigos. El sueño de su vida es encontrar al amor de su vida, o ya mínimo que una chava le haga caso, porque se vuelve presa de una timidez crónica si una fémina se planta delante de él.
Nadie imagina todos los alaridos que se ocultan tras el silencio de los tímidos. Dejaríamos sordo al universo entero si nos lo propusiéramos.
El libro, que va dando tumbos por una vida donde siempre acaba pasando lo peor es la historia de la Adolescencia con mayúscula. La historia de un niño rico que no está preparado para el futuro que acaba por írsele encima y que sólo está preocupado por ver bajo la falda de la sirvienta. Le salen cuernos mientras no hay nadie para verlo y se entrega al libertinaje adolescente como si fuera el rey de la colonia.
Ya me cansé de esperar que me quieran, ahora nomás espero que me aguanten. Y si no que se jodan
Xavier Velasco te provoca ganas de llorar y de reír a carcajadas en un solo párrafo y va dando tumbos por la vida de un protagonista aficionado a la música de David Bowie, acostumbrado a manejar como conductor de pesero prófugo y a imaginarse cómo se va a casar con cada fémina que le presta atención. Hila ceros en física en un resort con fachada de escuela para niños ricos, pero se da a sí mismo un diez en pornografía. Colecciona infracciones que ve en los parabrisas de los coches y no escucha al drama hasta que ya está por encima de él.

Negado a madurar, ha olvidado que la vida no espera. Entra por la puerta sin tocar y la derriba.
Mi vida está muy cerca de partirse en dos y yo sigo creyendo que es y será la misma, por qué habría de pasar otra cosa. Mi soberbia de hijito de familia debería recordar que la desgracia se manda sola. Cualquier noche la encuentras recostada en tu cama o guardando su ropa en tus cajones o amargando la cena antes siquiera de que la preparen, como un dolor de muelas inmune a los dentistas que bien puede durar el resto de tu vida. Unas veces punzándote, otras martirizándote y algunas otras disimulándose por la dulzura de cierto buen momento, pero siempre ahí detrás, respirando en tu nuca con ese aliento a azufre que amarga hasta un pastel de fresas con betún.

De los mejores libros que he leído, quizá. Aunque eso pienso ahora. Y la gente siempre cambia de opinión. 

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