Divagaciones de una Poulain
by Nea Poulain

viernes, 30 de octubre de 2020

Contra el prescriptivismo en la literatura

Este es un proceso de años que vino a explotar en el año 2020. Estoy harta de ver reglas arbitrarias de consejos de escritura y a escritores frustrados porque no pueden seguirlas. Igual es que vivo en una burbuja de tuiter en la que eso pasa mucho, pero llega un punto en el que paso de la risa a la frustración y quiero dedicarle un último ensayo a este prescriptivismo. Así que, aquí vamos, supongo.

Durante mucho tiempo pensé en jugarle desde adentro, meterle goles, ir en su contra. Hacía entradas disfrazadas de entradas de consejos para el NaNoWriMo haciendo énfasis en la idea de que escribir no tenía por qué ser un sufrimiento, que la salud mental era primero y que no era divertido si estabas estresado todo el tiempo. No funcionaba. Dejé de compartir mis avances en números de palabras porque, aunque algunos eran satisfactorios para mí, ya no me importaba tanto el demostrar que estaba escribiendo y me parecía dañino contribuir a la idea de que un escritor es sólo la cuenta de las palabras que escribe. Los únicos consejos que hay en mi blog son entradas sobre la puntuación (que me siguen pareciendo valiosos, para ir en contra de las normas hay que conocerlas). Nunca voy a hacer algo en la línea de "cómo escribir a un personaje mexicano" porque me parece aberrante pensar que existe tal falta de sensibilidad que son incapaces de escribir personajes de otras nacionalidades sin requerir un instructivo (en especial porque no hay un instructivo que valga con tantos millones de personas diferentes; me parece una aproximación mucho más honesta acercarse desde lo humano y hablar con muchas personas). Lo único que ofrezco es esto: un manifiesto claro contra el prescriptivismo en la literatura

La epidemia de consejos

La mayoría de los consejos que nos traban se esconden tras las buenas intenciones. A veces ni siquiera nos damos cuenta que estamos completamente trabados. A veces cuesta años darnos cuenta del daño que nos hizo escuchar tantas instrucciones —a menudo contradictorias— cuando pasan años. Hay voces que se quedan en tu cabeza diciéndote que lo estás haciendo mal

El año pasado volví, tras mucho tiempo, a escribir fantasía épica. Mi odio por los consejos de blogs de literatura y ese hecho parecen no estar relacionados, pero, en realidad, tienen todo que ver. Pasé casi cinco años sin escribir épica porque leer tanta mierda (perdón, eso es lo que siento por los consejos) me convenció de que era algo dificilísimo que yo nunca podría hacer. Y luego escribí algo en un mes que salió sólo. Y luego escribí sobre sirenas, piratas y hadas y el fin del mundo. Sobre torres que eran escuelas de hechicería. Escribí sobre brujas a lomos de dragones. Escribí sobre guerreros enamorados de dragones. Escribí sobre magos y hechiceros. Escribí sobre otros mundos. Y me di cuenta de que no era tan difícil como me habían hecho creer.

Los pilares de la fantasía no eran ni mis sistemas de magia (por qué confundir magia con ciencia, cuando en la imaginación cabe lo imposible) ni mi worldbuilding (término que tiene más relación con las partidas de rol; en un libro no importa si mis ríos corren en la dirección correcta si estoy escribiendo sin alma alguna); no eran ni siquiera mis héroes, a los que tanta importancia les doy cuando escribo. Ni era ninguno de los pilares que me decían los artículos gringos que alimentaban a un algoritmo que escupía contenido. Tenía más que ver con la imaginación y el lenguaje, con ser capaz de evocar otros mundos y acercarme desde ellos a lo humano. Aprendí más leyendo fantasía que consejos de como escribirla. 

Esto, por supuesto, no se limita a la fantasía, pero para mí empezó con ella. La obsesión por crear sistemas políticos "realistas" (qué es realista en la fantasía, ¿a poco su imaginación tiene fronteras?) y escribir sobre como hacerlo no me ayudó a crear ninguno. Se volvió más fácil poblar mis mundos leyendo a Marx y a Engels, que al final escribían de cosas humanas, que leyendo columnas que insistían que la fantasía tenía que ser "realista" (insisto, creo que no saben lo que significa la palabra que están usando; yo me iría más por verosímil y todo puede ser verosímil con el suficiente amor y trabajo en el lenguaje y la imaginación). Hay también una obsesión extraña por la uniformidad de los llamados "sistemas de magia" y gente que hasta les ha puesto ¡leyes! Cosa que no entiendo en lo absoluto. Fue hasta después que recordé La historia interminable y cómo Ende valoraba a la imaginación como un super poder y cómo Fantasia era tan vasto que nadie lo conocía entero y no tenía fronteras que recordé que en la fantasía no hay reglas y me senté a escribir. La cosa no para allí (¡ojalá!).

Pero de repente había reglas y casi fórmulas matemáticas de cuantos diálogos tenía que tener una historia y cuánta descripción. ¡La gente se atrevía a ponerle porcentajes como si la literatura pudiera ser calificada de esa manera! De repente si no tenías suficientes diálogos, la historia era aburrida. Si eran demasiados, faltaba descripción. Se ignora que hay obras magníficas que tienen muy pocos diálogos al modo convencional (por ejemplo, La casa de los espíritus de Isabel Allende, incluso Cien años de soledad de Gabriel García Márquez) u otras que se valen específicamente de los diálogos para todo (El beso de la mujer araña de Manuel Puig hizo maravillas por mi escritura, mis maestros siempre han sido otros escritores que leo). ¡Hay quien pretende ponerle fórmulas mágicas a la longitud ideal de un cuento! ¡Quien te dice en qué orden hay que describir! ¡Cómo hay que hacerlo! ¡Cada cuánto hay que intercalar un párrafo! ¡Quien dice que nunca tienes que usar un adverbio porque un escritor gringo dijo que no le gustaban! Y después de todas las instrucciones tienen el descaro de decir que solo son consejos, que al final cada quien sabía qué le funcionaba.

El problema existe cuando no sabes qué te funciona y de todos modos ya te plantaron la semilla en la frente.

Usualmente, pienso en las buenas intenciones. En serio. Creo que muchas de esas personas, sobre todo las que lo hacen de a gratis, creen que están haciendo algo bueno. En serio. Siguen las tendencias, quieren ayudar, no todos se dan cuenta de que están alimentando a un algoritmo que no se detiene. Mi problema va con los grandes best-sellers o las editoriales. Ya no están animando a escribir, están creando productos que ya van empacados en cajitas que no permiten la exploración. Libros-producto que es entendible que las editoriales quieran cuando hay que vender. Libros sometidos a sobreediciones para calzar con estadísticas de diálogos y ser ante todo, correctos según las reglas de lo mainstream.

Y aunque siempre intenté ignorar los consejos, la epidemia de estos también me alcanzó.

El escritor como producto

Creo que fue en 2016 cuando empecé a ver los cursos y consejos de marketing para escritores. Muy bien, entiendo su existencia. De repente la autopublicación estaba en boga, nadie quería saber nada de las editoriales e intentar ser leídos por otros medios era algo que había que explorar. Como escritora que siempre ha estado acostumbrado a estar en los márgenes (de los géneros, puesto que escribo fantasía y a veces ciencia ficción; de la publicación, pues mi producción en fanfiction se mezcla con lo que escribo para otros proyectos, aunque sea increíblemente diferente; geográficamente, puesto que me encuentro en el sur global) entiendo que la oportunidad de que te leyeran así era muy interesante. Para algunos era la meta: publicar. Decir, tengo un libro. Hay quien en eso ve el triunfo y no lo critico. Para mí cualquier medio de publicación (tradicional o no) era más un medio que un fin. Así que seguí con calma. Supongo que tuve suerte.

Me ha tocado ver a las mejores mentes de mi generación acabar aplastadas bajo el algoritmo. Sufrir crisis porque sus perfiles no son lo suficientemente profesionales (por favor, qué importa, no vamos a estar todo el día hablando de ser escritores, aunque no dudo que haya quien lo intente), hacer cualquier cosa con tal de que el algoritmo les funcione. He visto escritores que quieren los llamados "blogs de escritores" (desde ahorita: este no es uno, este es un blog personal donde le grito a las nubes) entregarlos a granjas de contenido donde redactores que le vendieron su alma al capitalismo escriben artículos con buen posicionamiento para que parezca que son activos (ya trabajé de eso, en serio, no hay alma alguna, ni arte, ni nada; no es lo mismo escribir eso que escribir desde el corazón y volcando tu ser, pero bueno). He visto gente convencida de que si no tiene buen marketing no va a llegar a ninguna parte.

Entonces van las tendencias: hay que alimentar al algoritmo. Si no estamos hablando de nuestras novedades o de lo último que publicamos, hay que hablar de lo que escribimos. Hay que proyectar una imagen de escritores todo el tiempo. O de autores. O el término que quieran ustedes. Eso se junta a que ahora muchas mujeres buscan reivindicarlo para sí, después de vivir en los márgenes de un sistema editorial mayormente injusto, por ejemplo (y otras miles de cosas más). Yo personalmente nunca he tenido problemas para nombrarme escritora, aunque haya publicado "tradicionalmente" (porque ni tanto) una sola vez, pero cada quien tiene su historia con las palabras y creo que hay que buscar formas más sanas de relacionarnos con lo que somos (digamos que es profesión o no, porque yo no lo digo, pero no es hobby, más bien es una clase de destino) que estar constantemente alimentando al algoritmo.

A veces disfruto ver a las personas que con amor comparten sus proyectos. Yo insisto en que hay diferencia entre quien lo hace con mimo, amor y un poco de alma a quien está preguntándose a qué hora su tuit va a tener mayor alcance, eso sí. Sin embargo odio esta cultura en la que si no estás hablando constantemente de lo que estás escribiendo no estás escribiendo y además, siguiendo las reglas de lo mainstream. No tengo nada en contra de los hashtags de los proyectos o de los aesthetics o moodboards o fichas de personaje o cualquier pendejada que hagan (yo hago mapas mal hechos para no confundir este con oeste porque soy estúpida). Para qué iba a tener cosas en contra de cadenas de caracteres o simples imágenes. Me molesta la cultura alrededor de ello en lo que de repente parece una imposición y nadie se sale de la norma. ¡Genial, primero nos salimos de la norma de las editoriales de monopolio y luego creamos otra más!

En serio, hagan lo que quieran. Alimentar al algoritmo no va a hacer demasiado por ustedes si no tienen pasión por escribir o amor a lo que están creando. Los consejos de escritura y los consejos de marketing no ayudan: paralizan. Lo hicieron conmigo. Muchos años. Tantos y tan variados que no sabes a quién hacerle caso. Y a veces son reverendas pendejadas, como el consejo mierda ese de no narrar sueños. Creo que es un deber ignorarlos todos, escribir lo contrario a lo que me dicen, recordar una y mil veces que en la escritura no tiene por qué haber prescriptivismo. La literatura es ese pedazo del mundo en donde podemos romper y volver a ordenar la gramática y la puntuación, donde podemos crear todo lo que no existe, donde podemos hablar desde la imaginación. No dejen nunca que nada los limite.

Especialmente, no lo que está haciendo el vecino.

viernes, 23 de octubre de 2020

Mandíbula, Mónica Ojeda | Librosb4tipos

Sinopsis: Una adolescente fanática del horror y de las "creepypastas" (historias de terror que circulan por internet) despierta maniatada en una cabaña en medio del bosque. Su secuestradora no es una desconocida, sino su maestra de Lengua y Literatura, una mujer joven a quien ella y sus amigas han atormentado durante meses en un colegio de élite del Opus Dei. Pero pronto los motivos de ese secuestro se revelarán mucho más oscuros que el "bullying" a una maestra: un perturbador amor juvenil, una traición inesperada y algunos ritos secretos e iniciáticos inspirados en esas historias virales y terroríficas gestadas en Internet. "Mandíbula" es una novela sobre el miedo y su relación con la familia, la sexualidad y la violencia. Narrada con una prosa llena de destellos líricos, símbolos desconcertantes y saltos en el tiempo, toma rasgos del "thriller" psicológico para desarrollar el juego mental que se produce entre alumnas y maestras, y escarbar en las relaciones pasionales entre madres e hijas, hermanas y "mejores amigas", recreando un mundo de lo femenino-monstruoso que se conecta con la tradición del cine de terror y la literatura de género.

Este es el año en el que me reconcilio con autoras que antes no me gustaron. Mónica Ojeda es uno de esos casos. Hace años leí Nefando y decir que salí huyendo fue poco. Reconocía el valor literario del libro (todavía lo reconozco, aunque también puedo decir que no le entendí por completo y por eso nunca hablo demasiado de él, fuera de cuando me preguntan por qué no me gustó), pero a la vez me daba un asco terrible y prefería mantenerme muy alejada. No me gusta lo que en vez de miedo o creeps me causa nada más asco. Y eso fue lo que pasó con esa novela y durante mucho tiempo no volví a leer a Mónica Ojeda.

A veces pasa. Algunos libros, aún reconociéndolos como libros que objetivamente (¿existe la objetividad en esto de la literatura? hagan grupos de tres para debatir) son buenos, no son para uno. Y punto. O tienen temas que uno no aguanta (porque eso fue lo que me ocurrió con Nefando). Se me hace muy honesto decir eso. Hablemos de que hay libros con los que no conectamos de repente. Hoy lo menciono de pasada porque este año me ha pasado que he vuelto a leer autoras con las que en un principio no conecté en lo más mínimo (Verónica Murguía: aunque no me gusta Loba, adoré El fuego verde) y ahora me gustan más. Caso de Mónica Ojeda.

 

Hablemos de Mandíbula.

Es un libro narrado de manera no lineal en el que diversos recursos narrativos para contarnos la historia de los personajes. Se centra específicamente en Fernanda, Annelise y la profesora Clara, con algunos otros personajes en el fondo (el hermano muerto de Fernanda, el resto de la secta de Annelise, sus madres y otros profesores que conforman el cuadro). Mónica Ojeda hace uso de varios creepypastas para presentar a las personajas principales. Cuentan y hablan de creepypastas que llevan a Annelise a convertirse en la sacerdotisa del Dios Blanco. Nunca tenemos una respuesta clara de a qué se refiere con el Dios Blanco, porque es más la idea (una idea tan grande que el miedo está precisamente en lo desconocido, en la propia insignificancia de lo conocido). En uno de los pasajes que a mí me pareció mejor en el libro, Annalise le entrega a la maestra Clara todo un pasaje en donde abre, justamente, hablando del horror cósmico de Lovecraft y justamente ahonda en cómo escribir/hablar/comunicar/representar el horror cósmico.

Además, el horror cósmico tampoco puede ser descrito como se describiría el ataque de, digamos, un hombre lobo, porque aquellos que lo experimentan son incapaces de  de comprenderlo y, cuando por fin se acercan a su significado, se dan cuenta de que no tienen palabras suficientes para hablar de ello; que está más allá del lenguaje y que, desde el momento hasta el final de sus días, deberán cargar en soledad esa revelación incompleta e incomunicable.

Equipara justamente ese horror cósmico a lo que llama el horror blanco: habla de "su capacidad para implosionar el lenguaje" (cita textual). Creo que eso es lo que más me interesó del libro, que hasta más o menos pasada la mitad me interesaba como una lectura "rara" y nada más. Sí, hacía uso de muchos recursos narrativos que me gustaban, pero no me exigía demasiado, hasta el ensayo de Annelise, que es uno de los pocos vistazos que tenemos hasta el fondo del personaje. Este es un libro, por cierto, donde todos los personajes son personas que me caen mal: las odio. Será que no soporto las historias de niñas ricas de colegios del opus; pero también es la prueba de que en una historia no te tienen que caer bien todas las personajas o personajes (estoy harta de la gringada woke a la que sólo le gustan personajes buenos y puros y además a la que sólo le gustan los libros si los personajes le caen bien, perdón, se me escapó un poco de exasperación por entre las teclas). Annelise y su séquito son un montón de adolescentes que no soporto y, sin embargo, mientras más se adentra el libro en la idea del horror blanco, en las mordidas, en por qué se titula Mandíbula, menos capaz era de dejar de leer.

Otra de las partes magistrales de la historia es el capítulo final. Puro diálogo, puras palabras. Me impresionó. Si ya les he dicho miles de veces que no lean a Mónica Ojeda de noche, tampoco les recomiendo leer el final de este libro mientras cenan. Estoy sentada, repasando las citas, que se ven impresionantes aún sacándolas del contexto del libro, pero que no le hacen justicia, al menos a esos dos pasajes: el ensayo de Annelisse y el último capítulo. Mandíbula es un libro redondo que sí, reconozco que tenía mucho mas hypeado y que me pareció que tenía un ritmo desigual a la hora de leerlo (no porque el ritmo tenga que ser siempre el mismo sino que me pareció, dentro de lo que era, de repente antes de llenar a la mitad, demasiado llano, aun con todo lo que estaba contando); será que yo soy muy especialita para leer.

Antes de terminar quiero recordarles que este libro es la lectura de octubre de Librosb4tipos que vamos a comentar el día de Halloween, 31 de octubre a las 4pm, hora del centro de México en el canal de Sputnik. Sí, les traigo toda la información. Acá abajo también les dejo el cartelito, por si les late y quieren darse una vuelta por la transmisión.

¿Se los recomiendo? Sí, si les gustan estas ondas del horror cósmico y los creepypastas, creo que el libro puede ser interesante para ustedes. Desde luego es perfecto para el mes spooky y todavía tienen tiempo para leerlo antes de que lo comentemos en vivo.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Castle Swimmer (S1), Wendy Lian Martin | Reseña

Hay entradas que no están específicamente planificadas para tu calendario pero pues... arrasan con tus planes. Como esta. Ati, de Conejo Literario, está haciendo una semana especial de Webtoons, que son un tipo de webcómic (que bueno, además de Webtoon, también existe Tapas, que sigue un formato muy parecido, los webcómics antiquísimos en tumblr, en blogs, etc). La plataforma ha estado tomando muchísima fuerza en el mundo de los comics que se distribuyen de manera gratuita y digital. Tienen su propio formato, muy distinto al cómic americano (tanto el de superhéroes como los que se salen de esa norma) y algo distinto al manga, aunque llega a recordar al manwha coreano. Como tal no están diseñados para ser impresos, aunque algunos webcómics sí se impriman (por ejemplo, Heartstopper lleva ya varios tomos publicados y fue publicado originalmente en Tapas). Si quieren saber más de la semana especial de Webtoon que organizó Ati, pueden checar aquí su blog y ver sus últimas entradas. Yo voy a hablar de la primera temporada de Castle Swimmer.

Sinopsis: What happens when your entire life is ruled by a prophecy – your future foretold by people you’ve never met, who died long before you were born. Such is the story of two young sea creatures. One believed to be a guiding light for his people, a Beacon who will lead them to a bright, prosperous future. The other is a teenage prince for who’s destiny is to KILL the Beacon so that HIS own people might thrive. When both reject the course set for them, it leads to a raucous adventure as big and unpredictable as the ocean itself – and a romance that nobody could have predicted. (Si necesitan traducción o quieren traducción, me comentan aquí abajo para hacerla).

A mí me gustan mucho las sirenas. No es tan obvio porque no formo parte de las ordas obsesionadas con La Sirenita (no está mal, pero siempre fui más de Aladín), pero me gustan. Más bien me gusta el mito de las sirenas que atraen a los marineros con su voz y los matan. O la idea de que la voz de un ser tenga tanto poder y sean casi magia pura (escribí un fanfic así, qué me ven). En Castleswimmer la voz no tiene nada que ver de momento, pero quería enmarcar por qué este fue el primer webtoon que leí de todos (además de que me lo habían recomendado, claro). Las sirenas me gustan. Las criaturas con cola que viven en el mar. Pues. Así que resultaba lógico adentrarme en la historia que tenía criaturitas con cola que vivían en el mar y profecías.

En Castle Swimer nos encontramos con Kappa, The Beacon (se traduce como Faro), una luz que brilla para otros. Kappa está destinado a cumplir las profecías de muchas criaturas del mar o, al menos, a jugar un papel muy importante en todas ellas. Las cosas no salen muy bien cuando las profecías salen mal o llega tarde a ellas (aun cuando el poder del Dios de la Superficie) lo guía a sus destinos y no puede zafarse de ellos tan fácilmente. Casi desde el primer capítulo es evidente que la gente del mar ve a Kappa sólo como un medio para cumplir sus profecías, pero nada más. Lo quiero mucho, es muy abrazable, no quiero que nada malo le pase en la vida. 

Y luego está Siren, un príncipe tiburón que toda su vida ha vivido preparándose para cumplir una profecía que va a salvar a su gente: tiene que matar al Faro (oigan, sí me gusta la traducción). Con eso, por supuesto, se entiende que muchas profecías quedarían sin cumplir (lo que no le encanta a la gente del mar, por supuesto, así que los tiburones viven apartados) y Kappa no podría cumplir sus múltiples destinos.

Ah, me encanta el olor a star-crossed lovers del destino por la mañana. Especialmente si ambos están desesperados por escapar cada uno de las cadenas de su destino con cualquier plan, no importa qué tan descabellado suena. Cuando Kappa llega nadando hasta el castillo de los tiburones y termina en el calabozo (sin oponer mucha resistencia, porque a estas alturas ya sabe que si los poderes del Dios de la Superficie lo arrastran a alguna parte no hay poder que lo haga cambiar de curso) y Siren por fin se ve enfrentado a que tiene que acabar con él a cambio de la vida de todos los demás tiburones, bueno, las cosas se ponen complicadas.

Eso no es spoiler, son literalmente los primeros dos episodios (porque en cada uno presentan a uno de los personajes principales) y me funcionaba para hablar de... ¡magia! ¡profecías! En los últimos años he escuchado mil veces lo "aburridas" y "gastadas" que están ya las historias sobre profecías, que hay que darles la vuelta... Miren yo no sé. Creo que no todo está escrito. Y creo que dentro de las estructuras clásicas de muchos recursos fantásticos puedes escribir cosas muy interesantes y nuevas (créanme como persona que escribe fantasía). Por ahí Carry On hace un poco de eso (cómo la obsesión con las profecías puede cambiar destinos y cómo se pueden crear artificialmente) aunque no sea el mejor libro del mundo (recuerden que me agarró de muy buen humor ese libro y me parece decente). Aquí vemos a Kappa cansado de ser sólo un instrumento de las profecías de otros (aunque le gusta ayudar y es un sol de persona) y a Siren abrumado por un destino demasiado grande, demasiado cruel (matar a Kappa) y muchas responsabilidades. Me gusta el énfasis que se hace en las identidades de los dos personajes y cómo están buscando ser algo más que lo que las profecías dicen de ellos.

En el fondo, Castle Swimmer también es una historia romántica (viva el BL, les juro que sólo conozco el lado boyslove, girlslove y Lore Olympus de los webcomics, soy incapaz de recomendar otra cosa) y si les gustan los romances adolescentes y los primeros amores con aroma a star-crossed lovers, esta es su historia. Aquí sólo les estoy reseñando la primera temporada, que no es muy larga (menos de cien capítulos cortos) donde florece el romance y Kappa y Siren empiezan a decidir cómo desafiar a sus propios destinos (o, al menos, darles la vuelta). Se me hace una historia muy bonita de fantasía. Su énfasis no es tanto el worldbuilding (que es fantástico, por cierto y ayuda a la historia en vez de ser sólo un adorno muy pesado) como contar una historia de iniciación sobre pececitos en busca de sus identidades propias con algo de magia.

El estilo de ilustración de Wendy Lian Martin me gusta mucho, sus personajes Kappa y Siren son preciosos, al igual que el resto de los personajes. Además que a través de su forma de dibujar se ve la personalidad muy clara de cada personaje y las ilustraciones dicen muchas cosas de la historia. Se las recomiendo si quieren una historia de fantasía con toques de romance, para pasar el rato. Además debería mencionar que los personajes son bastante diversos (que eso no debería ser ya un halago, la verdad, hablamos de fantasía: donde podemos escribir cualquier cosa que nos venga a la imaginación y por alguna razón hay señores que se llevan las manos a la cabeza si aparece un personaje que no sea blanco... o heterosexual). 

De momento la segunda temporada está en curso y sale cada domingo, pero de esa no les cuento más porque ya la reseñaré cuando acabe. ¿Dónde lo pueden leer? En este link. Lo leo en inglés y les seré sincera en cuando a que no sé si hay traducción en español, pero muchos Webtoons originals suelen estar traducidos, así que si tienen la cuenta en español (o abren Webtoon en español) pueden investigar y buscarlo.

lunes, 19 de octubre de 2020

La literatura de la imaginación como reflejo de la experiencia de las mujeres latinoamericanas

Nota antes del ensayo: este ensayo fue editado por Cristina Jurado y Lola Robles (a las que agradezco todas sus notas y comentarios); fue publicado con el título La literatura de género como reflejo de la experiencia de las mujeres latinoamericanas, bajo el nombre de Andrea Vega, en el libro Infiltradas, publicado por Palabaristas Press (hoy cerrada) en 2019. Fue escrito en el 2018, editado, trabajado, le di mil vueltas. Hoy, que el libro ya no se publica ni se encuentra a la venta, decidí liberar este ensayo tras una edición profunda, pues en dos años he cambiado muchas cosas en mi forma de ver y pensar la literatura. No es, pues, la versión original que aparece en ese libro. Quizá puedan ahora apreciar algunos cambios y ediciones si es que leyeron esa versión. Esta es la edición de la Nea del 2020, con todos sus pensamientos y contradicciones. Ahora sí, entre otras cosas, feliz día de la escritora a todas las que escriben e imaginan.

A mi mamá

Las mujeres latinoamericanas, tan diferentes entre ellas, están atravesadas por la violencia de género y el colonialismo. En Latinoamérica todavía se ven los estragos del colonialismo, tierra y cultura erigida sobre el genocidio de los nativos y la opresión sistemática de estos y de los esclavos posteriormente traídos desde África. Las experiencias de las mujeres —nombradas en plural porque somos muchas— latinoamericanas no son una sola. Si nos une el territorio en el que vivimos —aunque valdría preguntarse qué es exactamente Latinoamérica, además de unos límites geográficos y cómo es que nos une la historia de la conquista y el colonialismo—, nos separa la clase y nos separa la raza. Finalmente, la experiencia de las mujeres del continente no es una sola, pero todas comparten matices de nuestras realidades particulares que se ven reflejados en nuestra literatura de género —o literatura de la imaginación—, una de las pocas tribunas que han tenido las mujeres para denunciarla, hablar de ella, retratarla o atreverse a pensar otras realidades —como hace Gabriela Damián Miravete en el cuento «Soñarán en el Jardín», al mostrar un futuro en el que no hay más feminicidios [1].

Dentro del presente artículo se analizan tres obras diferentes que presentan dentro de sí mismas problemáticas que son comunes para las mujeres en América Latina —y podrían, también, ser consideradas de, alguna manera, universales para casi todas las mujeres—: «La saga de los confines» (fantasía) de la autora Liliana Bodoc, para abordar el colonialismo y cómo afectó a las mujeres de la conquista; «Frecuencia Júpiter» (ciencia ficción) de la autora Martha Riva Palacio Obón, que presenta un retrato de los feminicidios, y «Las cosas que perdimos en el fuego» (terror) de la autora Mariana Enríquez, para hablar de la violencia de género que se da en el núcleo familiar o de pareja.

La saga de los confines y la violencia del conquistador

¡A la larga, nosotros ganaremos! Que si faltan mujeres españolas, ahí están las vuestras. Y con ellas tendremos hijos, que serán vuestros amos.
Mujeres, Eduardo Galeano
[2]

América Latina está fundada en el colonialismo. La triste profecía que menciona Galeano es cierta: entre toda la violencia de los conquistadores, miles de mujeres fueron casadas con sus propios conquistadores y tuvieron hijos con ellos; muchas mujeres fueron violadas, simplemente por el placer de sus conquistadores de verlas dominadas. «[…] la libido del conquistador no se detuvo ante el  grito  de dolor de las madres, hijas y esposos» [3], así nació el mestizaje en muchas partes de América Latina: mediante la violencia sexual de los conquistadores hacía las mujeres nativas.

Liliana Bodoc, escritora argentina, escribió La saga de los confines, una serie de tres libros de fantasía épica dirigidos especialmente a los jóvenes, relatando en ellos la historia de una guerra contra el mal que tenía obvios paralelismos con la conquista española en América. Latina pero también como un esfuerzo de construir una fantasía Latinoamericana. Los pueblos que Bodoc retrata, con toda complejidad y llenos de claroscuros, tienen influencias de varios pueblos originarios del continente y sus culturas. Hay influencias incas, mapuches, aztecas que se ven a través de los personajes de Bodoc y de la poética narrativa de la saga.

La violencia de los colonizadores también aparece en los libros de Liliana Bodoc, mientras narra la historia de los pueblos nativos que resisten a ella. A menudo, la fantasía puede acercarnos de otras maneras a la realidad. A los personajes de La saga de los confines los acecha un villano con nombre y cara, Misáianes, hijo de la misma muerte. Él es el mal contra el que han de unirse los husihuilkes, los zitzahay, los Señores del Sol, etc.

He elegido centrarme específicamente en la historia de la Destrenzada, Wilkilén, un personaje que vemos crecer a lo largo de la saga de libros: la primera vez que aparece es tan solo una niña, mientras que en el último libro ya es una mujer muy diferente a su hermana Kuy-Kuyén.. Mientras de Kuy-Kuyén respresenta una imagen de la feminidad más convencional, Wilkikén es distraída, demasiado libre y demasiado atrevida, presenta otra imagen de la feminidad que quizá no nos topamos con la suficiente frecuencia. La describe Cucub, su cuñado:

En cuanto a Wilkilén… Esa niña sí que sabe reírse. Si fuera mi propia hija, no lo haría con tanta soltura. Kuy-Kuyén y yo nos preocupamos cuando abandona la casa sin dar aviso y se adentra en el bosque. Pero, ¿qué hemos de hacer? ¡Ir tras sus pasos para averiguar sus motivos!
Los días del fuego, Liliana Bodoc [4]

Es libre y se mueve así mientras por los confines corre el rumor de la Destrenzada: una mujer que corre por el bosque de noche, sin que nadie sepa quién es o qué busca. Una mujer que se deshace las trenzas y sale en busca su propio destino. Todas las mujeres en los Confines son diferentes, pero la Destrenzada es quien más simboliza la libertad al hacer lo que todas las mujeres han deseado en algún momento de su vida: moverse libremente. Esta manera de retratar a las mujeres tiene mucho que ver con los temas que atraviesan a Latinoamérica; Bodoc no es la única en hacerlo. Luned, protagonista de El fuego verde, de Verónica Murguía, también ansía la libertad que le da el bosque [5].

Wilkilén corriendo por los Confines, ilustración de Gonzalo Kenny

En el resto de las mujeres de los confines podemos ver narrativas sobre el poder, como en la historia de Acila quien, aunque reina de los Señores del Sol, es presa en su propio palacio. La princesa Nanahuatli recorre un continente entero buscando al hombre que ama, porque en su reino intentaron sacrificarla cuando descubrieron su amor —y nos recuerda lo que a veces pesa la elección de amar—. Vara se vuelve un símbolo del levantamiento de las Tierras Antiguas sin haber sido nunca libre, buscando su libertad y la del resto. Son todas diferentes. Wilkilén es sólo uno de los muchos ejemplos en La saga de los confines.

Ella es libre de moverse, de correr por el bosque con la forma de la Destrenzada y elige amar a Welenkín, el brujo. Como toda mujer que se atreve a ser libre, sufre a manos de los conquistadores, los sideresios. 

Cuando los sideresios vieron que la balsa traía a una joven mujer que los saludaba, comenzaron a reír. Al principio mordieron la risa, todavía temían una trampa. Pero siguieron acercándose. Parecía seguro: nadie más que una joven mujer que los saludaba. Los sideresios rieron más fuerte. Ningún Brujo en la balsa, ni hechicerías; solamente una mujer agitando los brazos. Los días del fuego, Liliana Bodoc. [4]

A los sideresios una mujer como Wilkilén les da risa, les parece una burla, tan confiada y amable que incluso los saluda. Temen que sea el anzuelo de una trampa, pero para ellos, Wilkilén no es amenaza alguna, sino es más bien un festín de carne. Wilkilén no teme porque cree que sus risas son las risas de Welenkín y las figuras que alcanza a ver en la playa, en el horizonte, son los lulus. Se da cuenta de su error muy tarde y entonces recuerda todas las advertencias de su hermana y recuerda la guerra con la cual ha crecido.

Los sideresios en esa escena nos recuerdan a lo más cruel entre los conquistadores. Hombres que disfrutan ser sanguinarios, que disfrutan maltratar y humillar al «otro». La conquista en los confines no es un encuentro de dos civilizaciones —como se le llama, entre eufemismos, a la conquista de América Latina—; incluso llamarse «choque» parece demasiado benevolente para la historia de Liliana Bodoc. Las Tierras Fértiles luchan contra Misáianes, la figura encarnada de El Mal, y los sideresios no buscan sino exterminar al «otro», destrozar las Tierras Fértiles, del Imperio del Sol a los Confines. 

No dudan en humillar y lastimar a las mujeres —e incluso a los caídos, como ocurre con Kume al final de los días del venado, que no conoce otros códigos de guerra que los de los husihuilkes y ver a los sideresios «preparar su muerte sin poder entenderla»—. Cuando Wilkilén descubre su error, se aterra. Sabe, como todas las mujeres del mundo, lo que la espera. No la espera la muerte, antes que eso, planean humillarla.

La muerte de un hombre era seca y breve. Un ademán, un estampido y todo terminaba. La humillación, en cambio, era un lugar donde el dolor perdía su altivez y su decencia. Los días del fuego, Liliana Bodoc. [4]

La violencia sexual de los conquistadores en América es un tema del que no se habla y que no se toca. Pero todos sabemos, de manera tácita, que el mestizo latinoamericano no nació en el centro de relaciones igualitarias y justas. Desde el momento en que Cristobal Colón desembarcó en lo que el creyó las Indias, los miembros de su tripulación intentaron «satisfacer sus necesidades» con las nativas. Y eso no se detuvo. Los tlaxcaltecas le regalaron esclavas a Hernán Cortés como se llegaran manteles, libros y vasijas; sólo conocemos el destino de una: Malintzin, Malinalli, Doña Marina, La Malinche. ¿Y el resto? ¿Qué fue del resto?

¿Qué fue de las mujeres de la conquista? Las que murieron, las que violaron, las que se casaron con españoles sin poder objetar. Wilkilén nos recuerda a ellas en el momento en el encara a los sideresios. La Destrenzada no es parte de nuestro mundo ni de nuestra historia, pero nos recuerda la violencia de las conquitas, no sólo en América, sino en todo el mundo. Se suele decir que las mujeres no van a la guerra —dato inexacto en realidad—, pero la guerra si va a ellas.

La destrenzada, ilustración de Gonzalo Kenny

La saga de los Confines, con sus tres libros, Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego, es una obra de fantasía épica en la que Liliana Bodoc relata los horrores de una conquista con paralelismos a otra que conocemos —y quien sabe, quizá a muchas otras— de los libros de historia. Entre sus páginas relata la historia de la Destrenzada: Wilkilén, que se bebió la libertad entera, que escuchó a los árboles, a la naturaleza, que se deshizo las trenzas y, al final, encontró un destino terrible a manos de los sideresios.

La historia de Wilkilén es, al fin y al cabo, la historia de muchas. Por medio de la fantasía, en un mundo que no es el nuestro, por mucho que se la parezca y tenga influencias de este, de nuestros mitos, tradiciones e historias, Bodoc habla de las violencias de las conquistas. No lo hace con rigor histórico —porque de eso no se trata el libro y mucho menos la fantasía—, sino que retrata y narra desde su posición de mujer en latinoamerica, un continente que vive todavía bajo el yugo del colonialismo y nos acerca a esa realidad del pasado —las mujeres violentadas de la conquista— por medio de las Tierras Fértiles, un mundo fantástico evocado desde Latinoamerica. 

Se oye el lamento, pero también se siente el profundo amor a Wilkilén, la destrezada, que corre entre los árboles de los Confines.

El feminicidio en Frecuencia Júpiter

El término [feminicidio o femicidio] como el asesinato misógino de las mujeres perpretrado por los hombres y como una forma de continuidad en las agresiones sexuales, donde se debe tomar en cuenta: los actos de violencia, los motivos y el desbalance de poder entre los sexos en el ambiente político, social y económico. [6]

Al día 7 de abril de 2018, México contabiliza 500 feminicidios en lo que va del año [7]. No es una cifra extraña en un país acostumbrado a ellas, aunque sí alarmante. El «mapa de los feminicidios» [8], creado para visibilizar la enorme cifra, nos deja ver que en 2016 los medios publicaron aproximadamente 2100 casos de feminicidio y, en 2017, 2200. A las mujeres las matan por ser mujeres en México. 

La historia de terror empezó en 1993, cuando empezaron a reportarse asesinatos en Ciudad Juárez, zona fronteriza. Los cuerpos aparecían abandonados en los campos algodoneros de la región.

Los asesinatos de más de doscientas mujeres en Ciudad Juárez, así como la tortura y las violaciones de cien más desde 1993 hasta ahora [2002], son un doloroso testimonio de la vulnerabilidad de las mujeres en la frontera […] (Traducción de la autora) [6]

Pronto, la historia de los feminicidios se habría extendido por todo el país, con cifras alarmantes, alertas de género poco o nada efectivas y una justicia mayormente inefectiva, que fallaba en encontrar culpables, creaba chivos expiatorios —como los casos mencionados en el libro «La fosa de agua» de Lydiette Carrión, de los feminicidios del Río de los Remedios y el Caso de El Mili Palafox [9]. 

Frecuencia Júpiter, una novela de la escritora mexicana Martha Riva Palacio, es una novela de ciencia ficción y también de iniciación, que, entre sus páginas, esconde los horrores de una investigación periodística sobre los feminicidios en México. Emilia, la protagonista, cuenta la historia empezando por el final —el fin del mundo—, donde recuerda ciertas partes de su adolescencia, su relación con un chico chileno y su padre, Esteban, que es periodista. 

Martha Riva Palacio junta las vivencias de una adolescente que busca oír la Frecuencia Júpiter en un radio, que ha visto tres simulacros del fin del mundo y, finalmente, la investigación que lleva a cabo su padre. No es extraño que la ciencia ficción aborde el feminicidio ni ninguno de los temas que nos atraviesan a las mujeres, puesto que la literatura de la imaginación habla, sobre todo, de lo humano. La investigación es central para la historia puesto que detona el clímax, los simulacros del fin del mundo.

Escondido en la computadora de Esteban, está lo que Emilia llama «un cementerio de cruces rosas»: una carpeta sin nombre, dividida en los estados de la República llenos de dictámenes médicos forenses, fragmentos de noticias, testimonios y fotos («Imágenes de cuerpos mutilados, violados, de niñas y mujeres».) [10]

Lo que le sigue es una descripción frenética de la violencia en la que mueren las mujeres que yacen  en el cementerio de cruces rosas guardado en una laptop. Los horrores del feminicidio a la vista. «Mitad calavera, mitad adolescente». «Fracturas múltiples». «La corriente la llevó río abajo». «¿Cómo provocas tres paros cardiacos al hilo?». [10] Los casos que ve Emilia, enmarcados todos en la ficción, son casos que aparecen en los periódicos mexicanos todos los días. Aparecen mujeres en los campos, en los basureros, en sus casas, en casas abandonadas, aparacen restos al dragar los ríos y escarbar la tierra. Aparecen mutiladas, torturadas, se las reconoce —en el mejor de los casos— por sus registros dentales.

La desesperación se cuela en la narración porque las muertas no tienen nombre ni identidad: sólo son eso, la marca de la violencia de alguien más; un testimonio que se marca en su piel y en sus huesos porque es todo lo que queda de ellas:

Metamorfosis en noventa y seis bits. [..:] Muertas no dichas que suplican a un gigante que las arroja a la fosa común. Ahí las noches son blancas. Enroscadas en su cometa, las sanguijuelas negras de la morgue cósmica recitan códigos de barras. Pasan lista. Lo siento, ya pasó tu nombre. No puedo invocarlo, quedó sepultado bajo el polvo de una polilla translúcida. Silencio. La cámara vigila sombría mientras cavo mi tumba rosa. Frecuencia Júpiter, Martha Riva Palacio [10]

La prosa de Martha Riva Palacio Obón transmite desesperanza. Las tumbas rosas, que recuerdan al campo de cruces rojas que son, no los cementerios, sino las protestas de mujeres que exigen que alguien encuentre el cuerpo de sus hijas, sus nietas, sus amigas y sus compañeras, que alguien encuentre al asesino y que se haga justicia. Evocan los gritos desesperados que se extienden por todo el continente: desde el Ni una menos [11], nacido en Argentina, hasta el Vivas nos queremos [12], que ocurrió en México. 

Revisando las noticias, la despersonalización de las víctimas de Martha en Frecuencia Júpiter no es la excepción, sino la norma. Se encuentran miles de cuerpos sin identificar, sin rostro alguno, y se buscan miles de rostros que no aparecen en ninguna fosa clandestina. El único consuelo que queda, es, finalmente, que en Frecuencia Júpiter, las muertas son ficción, aunque al final del día recordemos que es también una ficción que nos acerca a la realidad y nos muestra la desesperanza.

Se denuncia y se habla del feminicidio a través de la literatura porque se ha convertido en una figura de horror para las mujeres mexicanas y, en general, para todo el contexto latinoamericano. La ficción horroriza, pero la realidad a la que nos acerca lo hace más: de todas. En 2017, el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio reportó que, en sólo dieciocho estados de los treinta y dos de la República, fueron asesinadas 1583 mujeres. De estos casos, sólo 479 fueron investigados como feminicidio. De los casos investigados, siete mujeres fueron asesinadas con arma blanca, 47 a golpes, 20 asfixiadas, 88 con arma de fuego y el resto con métodos no especificados [13]. La brutalidad a la que se alude en Frecuencia Júpiter no es producto de la imaginación, sino un reflejo claro que la situación que vive la mujer en México.

Se hace catarsis a través de la literatura porque con ella podemos acercarnos desde otros ángulos a la realidad, en este caso a través de la ciencia ficción aproximándonos a la realidad de la mujer asesinada brutalmente por ser mujer entre las páginas de un libro.

Las quemadas en América Latina: Las cosas que perdimos en el fuego

Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor
Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez [14].

La violencia de género dentro de la pareja azota a América Latina y en general a las mujeres proletarias de todo el mundo. En las noticias abundan las noticias de mujeres quemadas por sus ex parejas o sus parejas. ¿Las causas? Varían desde discusiones aparentemente «sin importancia» —aunque, dado el resultado, sería ingenuo decir que no la tienen—, celos, desconfianza hacia sus parejas —que generalmente es resultado directo de los celos— o venganza por una ruptura.

 El último cuento del libro de Mariana Enríquez, «Las cosas que perdimos en el fuego», que comparte su mismo título, recupera la problemática de la violencia de género —como menciona Nuria Varela: «la violencia que sufren las mujeres, que tiene sus raíces en la discriminación histórica y la ausencia de derechos que éstas han sufrido» [15]— convirtiéndola en una historia de terror donde las mujeres no son ya las víctimas, sino el monstruo.

Silvina, la protagonista, recuerda a la chica del «subte» —metro— que tiene el cuerpo completamente quemado y, para los pasajeros, usualmente resulta un encuentro incómodo, pues la chica del subte se les acerca para pedir dinero y los saluda de beso: algunos lo aceptan, sintiéndose bien consigo mismos porque lo han aceptado a pesar de su aspecto; otros apartan la cara con disgusto, no queriendo que aquella mujer los toque; otros apenas si pueden reprimir el asco. La chica del subte pide dinero para sus gastos —ya no para cirugías plásticas, porque ella misma reconoce que sería inútil— y siempre menciona cómo fue quemada: lo hizo su esposo, sospechando que estaba viendo a alguien más, usando una lógica definitivamente patriarcal: «si no la puedo tener yo, que no la tenga nadie más». [14]

Mariana Enríquez hace referencia a una «epidemia de mujeres quemadas», todas por sus parejas o ex parejas. El hecho parece tan horrible que incluso cuesta pensar que eso puede pasar en la realidad, en nuestro mundo. Pero Mariana Enríquez no inventó nada nuevo con la «epidemia de las mujeres quemadas», el terror en el cuento es otro. Sólo en Argentina, de donde Enríquez es originaria, esta clase de noticias son cosas de todos los días.

Una simple búsqueda arroja los casos: un hombre que en 2004 quemó y descuartizó a una menor de quince y que ahora está buscando pareja en la aplicación Tinder porque salió libre [16]; una mujer —Mónica Garnica Luján— que, después de haber interpuesto una denuncia por violencia contra su pareja fue obligada a retractarse y él le prendió fuego [17]; Florencia Vélazquez fue quemada por su novio después de lo que los medios reportaron como «una discusión» [18]. Mariana Enríquez no estaba creando una pesadilla para las mujeres, simplemente toma la realidad de muchas mujeres argentinas y con ellas escribe terror.

El terror dentro del cuento «Las cosas que perdimos en el fuego» no es el hecho de que las mujeres sean quemadas por sus parejas: sí, eso puede ser bastante terrorífico, pero, como se ha apuntado arriba, es algo que ocurre todos los días. 

En el cuento, después de toda esta «epidemia», como lo menciona la protagonista, Silvina, puesto que la historia se cuenta desde su punto de vista, las mujeres dejan de esperar ser quemadas y empiezan a hacerlo ellas mismas. Empieza, pues, el terror: las hogueras. Las mujeres se someten al suplicio por voluntad propia, reclamando para sí mismas la elección de su propio sufrimiento. Como dice un personaje: «Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo […]» [14].

Cuando las mujeres empiezan a quemarse, nadie les cree, porque nadie cree que un ser humano —una mujer, en este caso—, sea capaz de someterse al fuego por voluntad propia. Y, finalmente, cuando ya no es posible evadir la realidad, el sistema hace sospechosas a todas las mujeres, los bidones de gasolina son evidencia criminal, quemarse es un crimen. El mismo sistema que antes fue tan inefectivo evitando que los hombres quemaran a las mujeres, ahora intenta, por todos los medios, evitar que las mujeres se quemen ellas mismas.

—Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.
Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez [14]

 Así, Mariana Enríquez nos transporta a la pesadilla de las mujeres que deciden quemarse vivas y mostrar sus cicatrices. Como rebelión, como protesta o simplemente para reivindicar que, si van a sufrir algún daño, será porque ella mismas lo elijan y se lo inflijan a sí mismas. Es, sin duda, un escenario para un cuento de terror: no hay más monstruo que el fuego y las mujeres.

En la realidad, muchas mujeres son quemadas por sus parejas, no sólo en Argentina y América Latina, sino en todo el mundo. Los casos son reportados como «crímenes pasionales» que ocurren «entre iguales» como bien lo explica Nuria Varela en su libro Feminismo para principiantes:

Un argumento, por cierto, que se emplea todavía con los malos tratos cuando en las noticias se repite: «Después de una fuerte discusión, fulanito degolló a su esposa», transmitiendo así la idea de que la violencia de género se desarrolla entre iguales. De esta manera se olvida —o niega— que el patriarcado existe.
Feminismo para principiantes, Nuria Varela [15]

O bien, son reportados como terribles tragedias, «la excepción» y no la norma de lo que viven las mujeres en una sociedad de clases donde son vistas simplemente como «propiedad de otros». Quizá allí eso es parte del horror en el cuento de Mariana Enríquez: las mujeres han decidido pertenecerse sólo a sí mismas, quemándose y celebrando sus cicatrices.

La protagonista graba, incluso, una quema, para mostrarle al mundo una parte de por qué hay mujeres que lo eligen, pero, ¿se puede elegir libremente quemarse y hacerse daño de esa manera? Parece que las mujeres lo reclaman en la desesperación de que nadie las escuche, de que sus parejas lo hagan y queden impunes. El cuento deja su final abierto, pero nos muestra este nuevo mundo terrorífico, que no nos deja ignorar por qué las mujeres deciden quemarse. 

¿Cuánto horror se necesita para reclamarlo propio?

Conclusiones

Si bien no existe un consenso lo que significa «ser latinoamericano» y mucho menos «ser mujer latinoamericana», hay cosas que nos atraviesan —si bien también nos separa la raza y la clase— a todas como mujeres proletarias. Latinoamérica comparte un mismo pasado colonial, que dejó un atraso económico, el cual en muchos casos impide la integración al trabajo de millones de mujeres —que viven por y para el trabajo doméstico y de cuidado dentro de sus familias, sin propuestas claras de como colectivizarlo e integrar a ellos, por ejemplo, a los hombres; es además en estos contextos en los que son víctimas de las muchas caras que toma la violencia contra las mujeres— u obliga a varios millones de mujeres a sufrir una doble o triple jornada:

La mujer casada, la madre que es obrera, suda sangre para cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento comercial; consagrarse después, lo mejor posible, a los quehaceres domésticos, y, por último, cuidar de sus hijos.
El comunismo y la familia, Alexandra Kollontai [19]

Es en este contexto en el que se da gran parte de la violencia contra las mujeres, en el de la institución de la familia, donde la mujer es, en teoría, únicamente la encargada del trabajo doméstico y de cuidado —nunca remunerado en el capitalismo y muchos menos compartido en colectividad—. Sin embargo, la práctica es diferente. Las mujeres cuidan, realizan trabajos del hogar, trabajan. Es en este contexto en el que viven muchas mujeres en Latinoamérica, territorio también atravesado por el racismo, la racialización y feminización de la pobreza, la precarización de «los trabajos femeninos» —usualmente labores de cuidados—, y el feminicidio, —que ocurre en ámbitos familiares o laborales.

Existe también un interés desde la literatura por hablar de todo aquello que nos atraviesa desde la ficción. La literatura de la imaginación —fantasía, ciencia ficción y terror— aborda todos estos temas desde miradas muy diversas. El horror y la esperanza, juntos, se dan cita en el lenguaje de las escritoras que imaginan otros mundos y otras posibilidades.

Estas tres obras y las situaciones que retratan a través de la literatura de la imaginación es sólo una pequeña parte de cómo se aborda, a través de la literatura, una situación que de ficción no tiene nada; en otras palabras, la imaginación nos acerca a la realidad de otras maneras. Liliana Bodoc, Martha Riva Palacio Obón y Mariana Enríquez no son las únicas escritoras que recuperan la problemática que implica «ser mujer» o hablan de la feminidad desde nuestro contexto; no son las únicas que hablan de la violencia que sufren las mujeres en el contexto de Latinoamérica dentro de la literatura de la imaginación en Latinoamérica. Se hace desde muchos ángulos y desde muchas perspectivas: las protagonistas de Verónica Murguía desde México, la reimaginación de Blancanieves de Camila Valenzuela en Nieve Negra desde Chile y muchos otros ejemplos.

Sus palabras desde la ficción son claras: «esta es la realidad de muchas mujeres, así viven, así vivimos». La denuncia y la crítica está allí, nos alcanza desde los mundos de la imaginación de las escritras, para quien quiera escucharla y oír el grito de América Latina: escribimos de nosotras y todo lo que nos atraviesa, queremos ser oídas, leídas.

Aquí estamos.

Bibliografía

[1] G. D. Miravete, «Soñarán en el jardín,» mayo 2018. [En línea]. Available: http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2018/mayo/so%C3%B1ar%C3%A1n-en-el-jard%C3%ADn-de-gabriela-dami%C3%A1n-miravete. [Último acceso: 14 octure 2020].

[2] E. Galeano, Mujeres, México, D. F.: Siglo XXI Editores, 2015. 

[3] G. Guerrero Vinueza, «El "otro oro" en la conquista de América: Las mujeres indias, el surgimiento del mestizaje,» Estudios Latinoamericanos, pp. 9-25, 2008. 

[4] L. Bodoc, Los días del fuego, Buenos Aires, Argentina: Santillana Ediciones, 2004. 

[5] V. Murguía, El fuego verde, México: Ediciones SM, 1999. 

[6] J. Monárrez-Fragoso, «Serial Sexual Femicide in Ciudad Juárez: 1993-2001,» Debate Feminista, vol. 25, 2002. 

[7] A. Hernández, «500 feminicidios en México en lo que va del año,» 07 04 2018. [En línea]. Available: https://www.huffingtonpost.com.mx/2018/04/07/500-feminicidios-en-mexico-en-lo-que-va-del-ano_a_23405263/.

[8] M. Salguero, «Feminicio en México,» [En línea]. Available: https://www.google.com/maps/d/u/0/viewer?mid=174IjBzP-fl_6wpRHg5pkGSj2egE&ll=22.9523095953723%2C-101.4161826021728&z=5.

[9] L. Carrión, La fosa de agua, México: Editorial DEBATE, 2018. 

[10] M. Riva Palacio Obon, Frecuencia Júpiter, México: Ediciones SM, 2013. 

[11] Ni Una Menos, «#NiUnaMenos,» [En línea]. Available: http://niunamenos.com.ar/. [Último acceso: 22 06 2018].

[12] M. Cruz, «#VivasNosQueremos: Los mensajes de las mexicanas durante la marcha contra el machismo,» Verne, 2016 04 24. 

[13] Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, «Implementación del Tipo Penal Feminicidio en México: Desafíos para acreditar las razones de género 2014-2017,» México, 2017.

[14] M. Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego, Buenos Aires, Argentina: Editorial Anagrama, 2016. 

[15] N. Varela, Feminismo para principiantes, Barcelona, España: EdicionesB, 2008. 

[16] Redacción SinEmbargo, «Pablo descuartizó y quemó a una joven; fue sentenciado, pero salió libre. Ahora busca pareja en Tinder,» 22 junio 2018. [En línea]. Available: http://www.sinembargo.mx/22-06-2018/3432335. [Último acceso: 29 junio 2018].

[17] Redacción Clarín, «Hizo una denuncia contra su novio, él la obligó a levantarla y luego le prendió fuego,» 27 diciembre 2017 . [En línea]. Available: https://www.clarin.com/sociedad/hizo-denuncia-novio-obligo-levantarla-luego-prendio-fuego_0_SkFFa7b7G.html. [Último acceso: 29 junio 2018].

[18] Redacción Clarín, «Murió la chica quemada por su novio en Merlo durante una discusión,» 7 marzo 2018 . [En línea]. Available: https://www.clarin.com/sociedad/murio-chica-quemada-novio-merlo-discusion_0_rkua5UTdz.html. [Último acceso: 29 junio 2018].

[19] A. Kollontai, «El comunismo y la familia,» Marxist Internet Archive, 2002. [En línea]. Available: https://www.marxists.org/espanol/kollontai/comfam.htm. [Último acceso: 29 junio 2018].