Divagaciones de una Poulain
by Nea Poulain
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de enero de 2022

Leer la diversidad

Leer no te hace una mejor persona. Sobre esa frase he basado todo mi trabajo como mediadora de lectura, coordinadora de círculos de lectura y bloggera. La frase «tienes que leer esto o aquello» no suele decirme nada cuando la usan para recomendarme libros, especialmente cuando van sobre la consigna de que me harán ser alguien mejor. Lo cierto es que no creo que tenga que leer algo o lo otro. Mi compromiso polícito con leer mujeres (y, además, con entender que las mujeres escritoras no somos un monolito y que en la diversidad de lecturas se encuentran grandes cosas) es algo que hago por la convicción de querer asomarme a otras visiones del mundo, por ejemplo. Se dice que las mujeres son la mitad del mundo y a veces se intenta englobar toda su diversidad en una etiqueta llamada Literatura femenina (usada a veces para dar a entender que estamos por debajo de la Literatura Seria, El Canon) o Literatura de mujeres (que se usa para lo mismo); a veces son etiquetas de marketing que usan editoriales desesperadas por vender a cierto público (incluso proyectos tras los cuales se esconden tres hombres y no una mujer deseosa de mantener el anonimato, como Carmen Mola). Qué es la diversidad de los autorxs (hombres, mujeres, personas en el espectro no binario), qué buscamos cuando decimos que deseamos tener lecturas diversas, qué pensamos. Por qué la diversidad.

Contener la diversidad en una lista de libros o lecturas es imposible, al contrario de las personas que creen que al leer a una mujer han leído La Experiencia Femenina Universal. O que leen a cualquier autorx del colectivo LGBT+ creen que se encontraron con lo que piensa La Comunidad LGBT+ en mayúsculas, como si solo una persona la conformara y no fuera un cúmulo muy distinto de opiniones y experiencias atravesadas por un montón de contextos diferentes. Luego una (yo) tiene que leer que hay editoriales que buscan obras de temática asiática, como si Asia fuera una temática o un género y no un continente lleno de culturas y países diferentes (temática asiática: no se sabe si hablamos de Corea, China o Japón, por ejemplo, o si acaso se acordaron del sur de Asia, Malasia, Bangladesh, Indonesia, Myanmar; si por una vez voltearon a ver a India, a Pakistan, Afganistan o los países del Medio Oriente) y pienso que yo, cuando escribí recuperando mitos, historias y partes de distintas culturas de Asia me molesté en dejar comentarios con mis fuentes de inspiración justamente para irse desprendiendo de la idea de que los continentes son temáticas (¿por qué se busca historia única de África, cuando hay muchos países que no se parecen?, ¿por qué se cree que todas las visiones de la literatura latinoamericana tienen que parecerse cuando, aun cuando compartamos experiencias y elementos culturales, no es lo mismo México que El Salvador que Argentina que Paraguay, etcétera?). 

Siempre veo una diferencia entre quien dice «hay que leer a más autorxs latinoamericanxs» esperando encontrar una sóla visión sobre lo que es latinoamerica y sólo busca confirmarla (confirmation bias, dirían en inglés) o a quien dice «hay que leer a más autorxs latinoamericanxs» porque mientras más se lee más se comprende que pretender entender el mundo entero desde una única voz y perspectiva es limitante y desea conocer y acercarse a otras perspectivas. Aplíquese a cualquier cualidad o circunstancia de los autores que deseemos meter a una categoría de lectura.

Hay algo que quizá sólo es problema mío, personal, único. Me molesta presumir de leer más diverso como algo perfomativo. Un tipo de discurso muy específico que suena a «miren, yo sí leo diverso, miren cuantos libros diversos, cuantos autorxs». Me pregunto si acaso hay quien pretende cambiar el mundo coleccionando pines de la diversidad (específicamente quienes no la discuten ni la comparten, quienes sólo se paran en un banco de superioridad y desde allí dictan cátedra, cuando es tan diferente la discusión horizontal que se da en círculos de lectura, grupos de amigxs, incluso a veces las redes sociales con sus lecturas conjuntas), ¡cuándo hay tanta que es invisible a nuestros ojos! Hay un ejemplo mediático que siempre recuerdo cuado hablo de esto; como la mayoría de los ejemplos mediáticos es gringo y está en otras latitudes (lo cual es en sí un poco limitante), pero, por un momento, voy a hacer uso de él: Becky Albertalli se sintió obligada a salir del clóset tras el constante «qué hace una mujer hetero escribiendo de hombres gays»; resultó que no era hetero y la gente sólo asumió porque ser hetero es lo normal, lo hegemónico (en ejemplos alejados de la literatura siempre recuerdo el ver cómo trataban de sacar del clóset a artistas viviendo en lugares del Medio Oriente, hacer pública la identidad para justificar arte que nunca necesitó justificación). He visto cómo les preguntan a escritorxs de BL si son parte de la comunidad (algo totalmente intrusivo cuando muchxs son parte de la comunidad fanfiction y son privadxs sobre su identidad por principio, porque el internet y el mundo son lugares peligrosos) para decidir si está bien qué escriban lo que escriben. Ante el desconocimiento, se asume. Y al asumir, se borra la posibilidad de lo diverso.

«Todas las mujeres que escriben BL son mujeres hetero y cis» ignora que muchas mujeres también son parte de la comunidad LGBT+ y que el contenido BL (boyslove, si no están en el fandom) no es el culmen ni el único contenido LGBT+ que existe. Cuestionar qué leermos y por qué es necesario para acercarnos a otras visiones, pero cuando el cuestionamiento deja de ser tal y se convierte en un deber, en una lista que llenar sin reflexión alguna porque eso es lo correcto. No existe un cuestionamiento de cuántas mujeres (por ejemplo) leemos sin saber que son parte de la comunidad LGBT+ (en este caso particular); sí, quizá no estarán en listas de autoras LGBT+, una de las desventajas del desconocimiento, pero para qué seguimos perpetuando la idea de creer que si no se sale explícitamente de la norma estamos ante «lo normal» y «lo normal» es aún lo hegemónico y en el caso de la sexualidad es lo hetero (y ustedes llenen el resto: todas esas pequeñas cosas que nos pueden indicar diversidad y pueden también ser invisibles —puesto que no se puede con todo lo que consideramos no hegemónico, disidente o fuera de la norma y eso es también importante— y elegimos mantener en privado por seguridad o cualquier otra razón). 

Se dice mucho «hay que leer diverso», pero no en todos los círculos se cuestiona por qué. Mientras que hay muchos espacios donde se tienen grandes conversaciones en torno a qué se lee, por qué, para qué, qué nos deja, qué relaciones creamos con los libros y cómo estos nos dan perspectivas de todos los parajes del mundo, hay otros donde el mantra parece ser sólo eso, un mantra que se repite sin cuestionamiento. Se coleccionan lecturas sin reflexión, se repite lo que dice tal o cual autorx pero nunca se hace algo más. La lectura es una gran conversación que cortamos cuando la convertimos en mandato. La cortan también quienes intentan imprimir una visión única: sobre lo qué es la literatura (la seria, el canon, lleno de hombres blancos cuyas visiones, aunque diferentes entre sí, nunca se complementan de otras), sobre a quién hay que leer para leer diverso, especialmente esas listas que agarran a una única obra token para representar a toda una comunidad: la Literatura Africana contenida en una única voz, por ejemplo (o Literatura Asiática o Literatura Latinoamericana, con mayúsculas, usadas como categorías de marketing por parte de las editoriales); unx solx representante de la Literatura LGBT+, una sola representante de la mal llamada Literatura Femenina (en categoría aparte, no vayan a dejar que entren todas en el canon). Hay que leer diverso, dicen estas voces, pero se encasilla a estxs autorxs en una sola categoría. Leer a mujeres LGBT+ porque son LGBT+ nada más para llenar el cuadrito de un bingo imaginario, no porque son LGBT+ y además nos interesan sus palabras; leer a escritoras sáficas esperando (y exigiendo) que hablen sobre su experiencia como mujeres sáficas (nunca olvidaré una crítica a Julie Maroh de alguien que, tras leer El azul es un color cálido, leyó Skandalon y el punto sobre el que sostenía su crítica era que Skandalon no trataba de mujeres sáficas y era malo por ello, porque ese era el tema de Julie Maroh y nada más). Escuchar y leer a la diversidad también es reconocer que todxs lxs autorxs tienen derecho a hablar de lo que se nos da la gana (y una crítica pobre es aquella que no ve al texto como es, sino que se cree con derecho a mandar cómo tiene qué ser).

Leer autores mexicanos esperando que hablen de México (un México imaginario, tal y como se cree que es México, sin pensar que en treintaiun estados todo es diferente) y lo usen como decoración. Y aquí estoy yo parada, que escribo desde México, sin mencionarlo nunca, me niego a usarlo de decoración explícita en mis fabulaciones; yo, que creo mundos aparte y no dejo de ser escritora mexicana cuyas letras siguen teniendo impresas mis experiencias como mujer en el edomex sin mencionarlo nunca. No existe Tlalnepantla en mis cuentos o en mis historias, pero si no hubiera vivido y caminado en Tlalneplanta mis historias serían diferentes. Decir: habló de México, pero no habló de la violencia; habló de México, pero no habló del narco; habló de México, ¡pero no había tacos! O decir: ¡es mexicana, qué lastima que no hable de México!, como si una (yo) se pudiera extirpar la parte de la identidad que le dio haber nacido en este Estado-Nación. Aplíquese a cualquier otro país o región del mundo (habló de China, ¡pero no de lo que yo creo que es China!). Leer diverso, pero exigirle a «la diversidad» (entre comillas, adrede, desde el título, porque pareciera que en ciertos lugares se puede ser solo eso: el token y nada más) una visión con la que uno concuerde o lo que espera de ella. «¡Es unx autorx árabe, seguro hablará de La (única) Experiencia Árabe!» (úsese con multitud de ejemplos).

Qué es La Diversidad, en mayúsculas, el concepto, en qué pensamos cuando decimos «lecturas diversas». Puse Leer la diversidad porque me incomoda que parezca(mos) únicamente una cuota que cumplir, un medio para llegar a ser mejor persona. Mientras más leo más visiones menos entiendo el mundo, pero más comprendo que al fin y al cabo somos personas. Y eso puede sonar reduccionista, pero aspiro a un mundo en el que (yo) no sea El Otro. Aquello que llamamos diversidad no es un monolito y está compuesto de una multitud de voces que no pueden ser reducidas a una sola parte de su identidad y de sus circusntancias (no escribimos atravedxs nada más por una cuestión, sino por todas: a mi escritura la atraviesan mis visiones políticas, mi nacionalidad y lugar en el mundo, mi generación, todo lo que no digo). Catalogar la diversidad como si estuvieramos en taxidermia está condenado al fracaso.


Si yo hago una lista, por ejemplo: leer autoras, autorxs racializadxs, autorxs de pueblos originarios, autorxs LGBT+, autorxs africanxs, autorxs asiáticos, autorxs neurodivergentes, autorxs discapacitadxs, se escapará algo. Y no voya decir que no es buena idea crear estas categorías para poner al frente a quienes no lo han estado en mucho tiempo (tengo listas de recomendaciones dedicadas a ello), pero englobar lo que se cree que es La Diversidad en categorías rígidas siempre terminará por ser limitante. Nos ayudamos por ellas, no podemos pretender que hagan todo el trabajo.  

Leer la diversidad, dije en el título, pero como escritora me incomoda. No tengo problema con ser El Otro en algunos contextos (y aceptar el costo político que esto conlleva), pero sí con ser encasillada allí. Hablemos, por un momento, de mi condición de mujer. Imaginemos que sólo piensan en mi cuando les dicen «una autora» pero nunca piensan en mi cuando se habla de escritorxs de fantasía (allí piensan a puros hombres, al canon de la fantasía), tampoco se les ocurre mi nombre cuando se dice ensayistas (supongamos que llenan de hombres esa lista, otra vez). Quedo yo como La Autora. Y soy sólo eso. Nada más. El token. No importa que sea ensayista y que escriba fantasía. Con cualquier ejemplo, en cualquier circunstancia: podemos ajustarlo a las condiciones que se quieran. Cuántas escritoras trans son sólo mencionadas en listas de autoras trans pero nunca en ciencia ficción o en fantasía (cuando sabemos que las hay); lo mismo para las escritoras negras (cuyos textos, además, suelen estar sujetos a lecturas muy particulares llenos de temas únicos: recuerdo a Octavia Butler y un cuento, diciendo en su epílogo «me han preguntado si esta es una historia sobre la esclavitud, pero no, es mi historia de hombres embarazados»; disculpen ustedes el parafraseo). Se dice diversidad y hay quien tiene solo una visión de ella (¿y qué diversidad es esa?).

Todos los ejemplos mencionados aquí se quedaron cortos. Nunca habrá tiempo suficiente para enfrentarse a todas las visiones. Pero no hay problema, porque el mundo no es una competencia de quién conoce a lxs autorxs más diversxs o quien lxs puede citar más rápido. Podemos sentarnos a platicar con lo que leemos (cuestionar incluso qué consideramos lectura válida, pues hay quien dejan fuera formatos enteros, mucho más horizontales que la publicación tradicional), a platicar con otrxs de lo qué leemos, a escuchar todas las historias que lleguen hasta nosotros. Leer la diversidad no como mandato, sino porque quienes a veces nos toca ser El Otro/La Otra y estamos aquí, en el mundo, existimos parados sobre él y también escribimos dejando el alma entre las palabras.

lunes, 19 de octubre de 2020

La literatura de la imaginación como reflejo de la experiencia de las mujeres latinoamericanas

Nota antes del ensayo: este ensayo fue editado por Cristina Jurado y Lola Robles (a las que agradezco todas sus notas y comentarios); fue publicado con el título La literatura de género como reflejo de la experiencia de las mujeres latinoamericanas, bajo el nombre de Andrea Vega, en el libro Infiltradas, publicado por Palabaristas Press (hoy cerrada) en 2019. Fue escrito en el 2018, editado, trabajado, le di mil vueltas. Hoy, que el libro ya no se publica ni se encuentra a la venta, decidí liberar este ensayo tras una edición profunda, pues en dos años he cambiado muchas cosas en mi forma de ver y pensar la literatura. No es, pues, la versión original que aparece en ese libro. Quizá puedan ahora apreciar algunos cambios y ediciones si es que leyeron esa versión. Esta es la edición de la Nea del 2020, con todos sus pensamientos y contradicciones. Ahora sí, entre otras cosas, feliz día de la escritora a todas las que escriben e imaginan.

A mi mamá

Las mujeres latinoamericanas, tan diferentes entre ellas, están atravesadas por la violencia de género y el colonialismo. En Latinoamérica todavía se ven los estragos del colonialismo, tierra y cultura erigida sobre el genocidio de los nativos y la opresión sistemática de estos y de los esclavos posteriormente traídos desde África. Las experiencias de las mujeres —nombradas en plural porque somos muchas— latinoamericanas no son una sola. Si nos une el territorio en el que vivimos —aunque valdría preguntarse qué es exactamente Latinoamérica, además de unos límites geográficos y cómo es que nos une la historia de la conquista y el colonialismo—, nos separa la clase y nos separa la raza. Finalmente, la experiencia de las mujeres del continente no es una sola, pero todas comparten matices de nuestras realidades particulares que se ven reflejados en nuestra literatura de género —o literatura de la imaginación—, una de las pocas tribunas que han tenido las mujeres para denunciarla, hablar de ella, retratarla o atreverse a pensar otras realidades —como hace Gabriela Damián Miravete en el cuento «Soñarán en el Jardín», al mostrar un futuro en el que no hay más feminicidios [1].

Dentro del presente artículo se analizan tres obras diferentes que presentan dentro de sí mismas problemáticas que son comunes para las mujeres en América Latina —y podrían, también, ser consideradas de, alguna manera, universales para casi todas las mujeres—: «La saga de los confines» (fantasía) de la autora Liliana Bodoc, para abordar el colonialismo y cómo afectó a las mujeres de la conquista; «Frecuencia Júpiter» (ciencia ficción) de la autora Martha Riva Palacio Obón, que presenta un retrato de los feminicidios, y «Las cosas que perdimos en el fuego» (terror) de la autora Mariana Enríquez, para hablar de la violencia de género que se da en el núcleo familiar o de pareja.

La saga de los confines y la violencia del conquistador

¡A la larga, nosotros ganaremos! Que si faltan mujeres españolas, ahí están las vuestras. Y con ellas tendremos hijos, que serán vuestros amos.
Mujeres, Eduardo Galeano
[2]

América Latina está fundada en el colonialismo. La triste profecía que menciona Galeano es cierta: entre toda la violencia de los conquistadores, miles de mujeres fueron casadas con sus propios conquistadores y tuvieron hijos con ellos; muchas mujeres fueron violadas, simplemente por el placer de sus conquistadores de verlas dominadas. «[…] la libido del conquistador no se detuvo ante el  grito  de dolor de las madres, hijas y esposos» [3], así nació el mestizaje en muchas partes de América Latina: mediante la violencia sexual de los conquistadores hacía las mujeres nativas.

Liliana Bodoc, escritora argentina, escribió La saga de los confines, una serie de tres libros de fantasía épica dirigidos especialmente a los jóvenes, relatando en ellos la historia de una guerra contra el mal que tenía obvios paralelismos con la conquista española en América. Latina pero también como un esfuerzo de construir una fantasía Latinoamericana. Los pueblos que Bodoc retrata, con toda complejidad y llenos de claroscuros, tienen influencias de varios pueblos originarios del continente y sus culturas. Hay influencias incas, mapuches, aztecas que se ven a través de los personajes de Bodoc y de la poética narrativa de la saga.

La violencia de los colonizadores también aparece en los libros de Liliana Bodoc, mientras narra la historia de los pueblos nativos que resisten a ella. A menudo, la fantasía puede acercarnos de otras maneras a la realidad. A los personajes de La saga de los confines los acecha un villano con nombre y cara, Misáianes, hijo de la misma muerte. Él es el mal contra el que han de unirse los husihuilkes, los zitzahay, los Señores del Sol, etc.

He elegido centrarme específicamente en la historia de la Destrenzada, Wilkilén, un personaje que vemos crecer a lo largo de la saga de libros: la primera vez que aparece es tan solo una niña, mientras que en el último libro ya es una mujer muy diferente a su hermana Kuy-Kuyén.. Mientras de Kuy-Kuyén respresenta una imagen de la feminidad más convencional, Wilkikén es distraída, demasiado libre y demasiado atrevida, presenta otra imagen de la feminidad que quizá no nos topamos con la suficiente frecuencia. La describe Cucub, su cuñado:

En cuanto a Wilkilén… Esa niña sí que sabe reírse. Si fuera mi propia hija, no lo haría con tanta soltura. Kuy-Kuyén y yo nos preocupamos cuando abandona la casa sin dar aviso y se adentra en el bosque. Pero, ¿qué hemos de hacer? ¡Ir tras sus pasos para averiguar sus motivos!
Los días del fuego, Liliana Bodoc [4]

Es libre y se mueve así mientras por los confines corre el rumor de la Destrenzada: una mujer que corre por el bosque de noche, sin que nadie sepa quién es o qué busca. Una mujer que se deshace las trenzas y sale en busca su propio destino. Todas las mujeres en los Confines son diferentes, pero la Destrenzada es quien más simboliza la libertad al hacer lo que todas las mujeres han deseado en algún momento de su vida: moverse libremente. Esta manera de retratar a las mujeres tiene mucho que ver con los temas que atraviesan a Latinoamérica; Bodoc no es la única en hacerlo. Luned, protagonista de El fuego verde, de Verónica Murguía, también ansía la libertad que le da el bosque [5].

Wilkilén corriendo por los Confines, ilustración de Gonzalo Kenny

En el resto de las mujeres de los confines podemos ver narrativas sobre el poder, como en la historia de Acila quien, aunque reina de los Señores del Sol, es presa en su propio palacio. La princesa Nanahuatli recorre un continente entero buscando al hombre que ama, porque en su reino intentaron sacrificarla cuando descubrieron su amor —y nos recuerda lo que a veces pesa la elección de amar—. Vara se vuelve un símbolo del levantamiento de las Tierras Antiguas sin haber sido nunca libre, buscando su libertad y la del resto. Son todas diferentes. Wilkilén es sólo uno de los muchos ejemplos en La saga de los confines.

Ella es libre de moverse, de correr por el bosque con la forma de la Destrenzada y elige amar a Welenkín, el brujo. Como toda mujer que se atreve a ser libre, sufre a manos de los conquistadores, los sideresios. 

Cuando los sideresios vieron que la balsa traía a una joven mujer que los saludaba, comenzaron a reír. Al principio mordieron la risa, todavía temían una trampa. Pero siguieron acercándose. Parecía seguro: nadie más que una joven mujer que los saludaba. Los sideresios rieron más fuerte. Ningún Brujo en la balsa, ni hechicerías; solamente una mujer agitando los brazos. Los días del fuego, Liliana Bodoc. [4]

A los sideresios una mujer como Wilkilén les da risa, les parece una burla, tan confiada y amable que incluso los saluda. Temen que sea el anzuelo de una trampa, pero para ellos, Wilkilén no es amenaza alguna, sino es más bien un festín de carne. Wilkilén no teme porque cree que sus risas son las risas de Welenkín y las figuras que alcanza a ver en la playa, en el horizonte, son los lulus. Se da cuenta de su error muy tarde y entonces recuerda todas las advertencias de su hermana y recuerda la guerra con la cual ha crecido.

Los sideresios en esa escena nos recuerdan a lo más cruel entre los conquistadores. Hombres que disfrutan ser sanguinarios, que disfrutan maltratar y humillar al «otro». La conquista en los confines no es un encuentro de dos civilizaciones —como se le llama, entre eufemismos, a la conquista de América Latina—; incluso llamarse «choque» parece demasiado benevolente para la historia de Liliana Bodoc. Las Tierras Fértiles luchan contra Misáianes, la figura encarnada de El Mal, y los sideresios no buscan sino exterminar al «otro», destrozar las Tierras Fértiles, del Imperio del Sol a los Confines. 

No dudan en humillar y lastimar a las mujeres —e incluso a los caídos, como ocurre con Kume al final de los días del venado, que no conoce otros códigos de guerra que los de los husihuilkes y ver a los sideresios «preparar su muerte sin poder entenderla»—. Cuando Wilkilén descubre su error, se aterra. Sabe, como todas las mujeres del mundo, lo que la espera. No la espera la muerte, antes que eso, planean humillarla.

La muerte de un hombre era seca y breve. Un ademán, un estampido y todo terminaba. La humillación, en cambio, era un lugar donde el dolor perdía su altivez y su decencia. Los días del fuego, Liliana Bodoc. [4]

La violencia sexual de los conquistadores en América es un tema del que no se habla y que no se toca. Pero todos sabemos, de manera tácita, que el mestizo latinoamericano no nació en el centro de relaciones igualitarias y justas. Desde el momento en que Cristobal Colón desembarcó en lo que el creyó las Indias, los miembros de su tripulación intentaron «satisfacer sus necesidades» con las nativas. Y eso no se detuvo. Los tlaxcaltecas le regalaron esclavas a Hernán Cortés como se llegaran manteles, libros y vasijas; sólo conocemos el destino de una: Malintzin, Malinalli, Doña Marina, La Malinche. ¿Y el resto? ¿Qué fue del resto?

¿Qué fue de las mujeres de la conquista? Las que murieron, las que violaron, las que se casaron con españoles sin poder objetar. Wilkilén nos recuerda a ellas en el momento en el encara a los sideresios. La Destrenzada no es parte de nuestro mundo ni de nuestra historia, pero nos recuerda la violencia de las conquitas, no sólo en América, sino en todo el mundo. Se suele decir que las mujeres no van a la guerra —dato inexacto en realidad—, pero la guerra si va a ellas.

La destrenzada, ilustración de Gonzalo Kenny

La saga de los Confines, con sus tres libros, Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego, es una obra de fantasía épica en la que Liliana Bodoc relata los horrores de una conquista con paralelismos a otra que conocemos —y quien sabe, quizá a muchas otras— de los libros de historia. Entre sus páginas relata la historia de la Destrenzada: Wilkilén, que se bebió la libertad entera, que escuchó a los árboles, a la naturaleza, que se deshizo las trenzas y, al final, encontró un destino terrible a manos de los sideresios.

La historia de Wilkilén es, al fin y al cabo, la historia de muchas. Por medio de la fantasía, en un mundo que no es el nuestro, por mucho que se la parezca y tenga influencias de este, de nuestros mitos, tradiciones e historias, Bodoc habla de las violencias de las conquistas. No lo hace con rigor histórico —porque de eso no se trata el libro y mucho menos la fantasía—, sino que retrata y narra desde su posición de mujer en latinoamerica, un continente que vive todavía bajo el yugo del colonialismo y nos acerca a esa realidad del pasado —las mujeres violentadas de la conquista— por medio de las Tierras Fértiles, un mundo fantástico evocado desde Latinoamerica. 

Se oye el lamento, pero también se siente el profundo amor a Wilkilén, la destrezada, que corre entre los árboles de los Confines.

El feminicidio en Frecuencia Júpiter

El término [feminicidio o femicidio] como el asesinato misógino de las mujeres perpretrado por los hombres y como una forma de continuidad en las agresiones sexuales, donde se debe tomar en cuenta: los actos de violencia, los motivos y el desbalance de poder entre los sexos en el ambiente político, social y económico. [6]

Al día 7 de abril de 2018, México contabiliza 500 feminicidios en lo que va del año [7]. No es una cifra extraña en un país acostumbrado a ellas, aunque sí alarmante. El «mapa de los feminicidios» [8], creado para visibilizar la enorme cifra, nos deja ver que en 2016 los medios publicaron aproximadamente 2100 casos de feminicidio y, en 2017, 2200. A las mujeres las matan por ser mujeres en México. 

La historia de terror empezó en 1993, cuando empezaron a reportarse asesinatos en Ciudad Juárez, zona fronteriza. Los cuerpos aparecían abandonados en los campos algodoneros de la región.

Los asesinatos de más de doscientas mujeres en Ciudad Juárez, así como la tortura y las violaciones de cien más desde 1993 hasta ahora [2002], son un doloroso testimonio de la vulnerabilidad de las mujeres en la frontera […] (Traducción de la autora) [6]

Pronto, la historia de los feminicidios se habría extendido por todo el país, con cifras alarmantes, alertas de género poco o nada efectivas y una justicia mayormente inefectiva, que fallaba en encontrar culpables, creaba chivos expiatorios —como los casos mencionados en el libro «La fosa de agua» de Lydiette Carrión, de los feminicidios del Río de los Remedios y el Caso de El Mili Palafox [9]. 

Frecuencia Júpiter, una novela de la escritora mexicana Martha Riva Palacio, es una novela de ciencia ficción y también de iniciación, que, entre sus páginas, esconde los horrores de una investigación periodística sobre los feminicidios en México. Emilia, la protagonista, cuenta la historia empezando por el final —el fin del mundo—, donde recuerda ciertas partes de su adolescencia, su relación con un chico chileno y su padre, Esteban, que es periodista. 

Martha Riva Palacio junta las vivencias de una adolescente que busca oír la Frecuencia Júpiter en un radio, que ha visto tres simulacros del fin del mundo y, finalmente, la investigación que lleva a cabo su padre. No es extraño que la ciencia ficción aborde el feminicidio ni ninguno de los temas que nos atraviesan a las mujeres, puesto que la literatura de la imaginación habla, sobre todo, de lo humano. La investigación es central para la historia puesto que detona el clímax, los simulacros del fin del mundo.

Escondido en la computadora de Esteban, está lo que Emilia llama «un cementerio de cruces rosas»: una carpeta sin nombre, dividida en los estados de la República llenos de dictámenes médicos forenses, fragmentos de noticias, testimonios y fotos («Imágenes de cuerpos mutilados, violados, de niñas y mujeres».) [10]

Lo que le sigue es una descripción frenética de la violencia en la que mueren las mujeres que yacen  en el cementerio de cruces rosas guardado en una laptop. Los horrores del feminicidio a la vista. «Mitad calavera, mitad adolescente». «Fracturas múltiples». «La corriente la llevó río abajo». «¿Cómo provocas tres paros cardiacos al hilo?». [10] Los casos que ve Emilia, enmarcados todos en la ficción, son casos que aparecen en los periódicos mexicanos todos los días. Aparecen mujeres en los campos, en los basureros, en sus casas, en casas abandonadas, aparacen restos al dragar los ríos y escarbar la tierra. Aparecen mutiladas, torturadas, se las reconoce —en el mejor de los casos— por sus registros dentales.

La desesperación se cuela en la narración porque las muertas no tienen nombre ni identidad: sólo son eso, la marca de la violencia de alguien más; un testimonio que se marca en su piel y en sus huesos porque es todo lo que queda de ellas:

Metamorfosis en noventa y seis bits. [..:] Muertas no dichas que suplican a un gigante que las arroja a la fosa común. Ahí las noches son blancas. Enroscadas en su cometa, las sanguijuelas negras de la morgue cósmica recitan códigos de barras. Pasan lista. Lo siento, ya pasó tu nombre. No puedo invocarlo, quedó sepultado bajo el polvo de una polilla translúcida. Silencio. La cámara vigila sombría mientras cavo mi tumba rosa. Frecuencia Júpiter, Martha Riva Palacio [10]

La prosa de Martha Riva Palacio Obón transmite desesperanza. Las tumbas rosas, que recuerdan al campo de cruces rojas que son, no los cementerios, sino las protestas de mujeres que exigen que alguien encuentre el cuerpo de sus hijas, sus nietas, sus amigas y sus compañeras, que alguien encuentre al asesino y que se haga justicia. Evocan los gritos desesperados que se extienden por todo el continente: desde el Ni una menos [11], nacido en Argentina, hasta el Vivas nos queremos [12], que ocurrió en México. 

Revisando las noticias, la despersonalización de las víctimas de Martha en Frecuencia Júpiter no es la excepción, sino la norma. Se encuentran miles de cuerpos sin identificar, sin rostro alguno, y se buscan miles de rostros que no aparecen en ninguna fosa clandestina. El único consuelo que queda, es, finalmente, que en Frecuencia Júpiter, las muertas son ficción, aunque al final del día recordemos que es también una ficción que nos acerca a la realidad y nos muestra la desesperanza.

Se denuncia y se habla del feminicidio a través de la literatura porque se ha convertido en una figura de horror para las mujeres mexicanas y, en general, para todo el contexto latinoamericano. La ficción horroriza, pero la realidad a la que nos acerca lo hace más: de todas. En 2017, el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio reportó que, en sólo dieciocho estados de los treinta y dos de la República, fueron asesinadas 1583 mujeres. De estos casos, sólo 479 fueron investigados como feminicidio. De los casos investigados, siete mujeres fueron asesinadas con arma blanca, 47 a golpes, 20 asfixiadas, 88 con arma de fuego y el resto con métodos no especificados [13]. La brutalidad a la que se alude en Frecuencia Júpiter no es producto de la imaginación, sino un reflejo claro que la situación que vive la mujer en México.

Se hace catarsis a través de la literatura porque con ella podemos acercarnos desde otros ángulos a la realidad, en este caso a través de la ciencia ficción aproximándonos a la realidad de la mujer asesinada brutalmente por ser mujer entre las páginas de un libro.

Las quemadas en América Latina: Las cosas que perdimos en el fuego

Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor
Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez [14].

La violencia de género dentro de la pareja azota a América Latina y en general a las mujeres proletarias de todo el mundo. En las noticias abundan las noticias de mujeres quemadas por sus ex parejas o sus parejas. ¿Las causas? Varían desde discusiones aparentemente «sin importancia» —aunque, dado el resultado, sería ingenuo decir que no la tienen—, celos, desconfianza hacia sus parejas —que generalmente es resultado directo de los celos— o venganza por una ruptura.

 El último cuento del libro de Mariana Enríquez, «Las cosas que perdimos en el fuego», que comparte su mismo título, recupera la problemática de la violencia de género —como menciona Nuria Varela: «la violencia que sufren las mujeres, que tiene sus raíces en la discriminación histórica y la ausencia de derechos que éstas han sufrido» [15]— convirtiéndola en una historia de terror donde las mujeres no son ya las víctimas, sino el monstruo.

Silvina, la protagonista, recuerda a la chica del «subte» —metro— que tiene el cuerpo completamente quemado y, para los pasajeros, usualmente resulta un encuentro incómodo, pues la chica del subte se les acerca para pedir dinero y los saluda de beso: algunos lo aceptan, sintiéndose bien consigo mismos porque lo han aceptado a pesar de su aspecto; otros apartan la cara con disgusto, no queriendo que aquella mujer los toque; otros apenas si pueden reprimir el asco. La chica del subte pide dinero para sus gastos —ya no para cirugías plásticas, porque ella misma reconoce que sería inútil— y siempre menciona cómo fue quemada: lo hizo su esposo, sospechando que estaba viendo a alguien más, usando una lógica definitivamente patriarcal: «si no la puedo tener yo, que no la tenga nadie más». [14]

Mariana Enríquez hace referencia a una «epidemia de mujeres quemadas», todas por sus parejas o ex parejas. El hecho parece tan horrible que incluso cuesta pensar que eso puede pasar en la realidad, en nuestro mundo. Pero Mariana Enríquez no inventó nada nuevo con la «epidemia de las mujeres quemadas», el terror en el cuento es otro. Sólo en Argentina, de donde Enríquez es originaria, esta clase de noticias son cosas de todos los días.

Una simple búsqueda arroja los casos: un hombre que en 2004 quemó y descuartizó a una menor de quince y que ahora está buscando pareja en la aplicación Tinder porque salió libre [16]; una mujer —Mónica Garnica Luján— que, después de haber interpuesto una denuncia por violencia contra su pareja fue obligada a retractarse y él le prendió fuego [17]; Florencia Vélazquez fue quemada por su novio después de lo que los medios reportaron como «una discusión» [18]. Mariana Enríquez no estaba creando una pesadilla para las mujeres, simplemente toma la realidad de muchas mujeres argentinas y con ellas escribe terror.

El terror dentro del cuento «Las cosas que perdimos en el fuego» no es el hecho de que las mujeres sean quemadas por sus parejas: sí, eso puede ser bastante terrorífico, pero, como se ha apuntado arriba, es algo que ocurre todos los días. 

En el cuento, después de toda esta «epidemia», como lo menciona la protagonista, Silvina, puesto que la historia se cuenta desde su punto de vista, las mujeres dejan de esperar ser quemadas y empiezan a hacerlo ellas mismas. Empieza, pues, el terror: las hogueras. Las mujeres se someten al suplicio por voluntad propia, reclamando para sí mismas la elección de su propio sufrimiento. Como dice un personaje: «Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo […]» [14].

Cuando las mujeres empiezan a quemarse, nadie les cree, porque nadie cree que un ser humano —una mujer, en este caso—, sea capaz de someterse al fuego por voluntad propia. Y, finalmente, cuando ya no es posible evadir la realidad, el sistema hace sospechosas a todas las mujeres, los bidones de gasolina son evidencia criminal, quemarse es un crimen. El mismo sistema que antes fue tan inefectivo evitando que los hombres quemaran a las mujeres, ahora intenta, por todos los medios, evitar que las mujeres se quemen ellas mismas.

—Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.
Las cosas que perdimos en el fuego, Mariana Enríquez [14]

 Así, Mariana Enríquez nos transporta a la pesadilla de las mujeres que deciden quemarse vivas y mostrar sus cicatrices. Como rebelión, como protesta o simplemente para reivindicar que, si van a sufrir algún daño, será porque ella mismas lo elijan y se lo inflijan a sí mismas. Es, sin duda, un escenario para un cuento de terror: no hay más monstruo que el fuego y las mujeres.

En la realidad, muchas mujeres son quemadas por sus parejas, no sólo en Argentina y América Latina, sino en todo el mundo. Los casos son reportados como «crímenes pasionales» que ocurren «entre iguales» como bien lo explica Nuria Varela en su libro Feminismo para principiantes:

Un argumento, por cierto, que se emplea todavía con los malos tratos cuando en las noticias se repite: «Después de una fuerte discusión, fulanito degolló a su esposa», transmitiendo así la idea de que la violencia de género se desarrolla entre iguales. De esta manera se olvida —o niega— que el patriarcado existe.
Feminismo para principiantes, Nuria Varela [15]

O bien, son reportados como terribles tragedias, «la excepción» y no la norma de lo que viven las mujeres en una sociedad de clases donde son vistas simplemente como «propiedad de otros». Quizá allí eso es parte del horror en el cuento de Mariana Enríquez: las mujeres han decidido pertenecerse sólo a sí mismas, quemándose y celebrando sus cicatrices.

La protagonista graba, incluso, una quema, para mostrarle al mundo una parte de por qué hay mujeres que lo eligen, pero, ¿se puede elegir libremente quemarse y hacerse daño de esa manera? Parece que las mujeres lo reclaman en la desesperación de que nadie las escuche, de que sus parejas lo hagan y queden impunes. El cuento deja su final abierto, pero nos muestra este nuevo mundo terrorífico, que no nos deja ignorar por qué las mujeres deciden quemarse. 

¿Cuánto horror se necesita para reclamarlo propio?

Conclusiones

Si bien no existe un consenso lo que significa «ser latinoamericano» y mucho menos «ser mujer latinoamericana», hay cosas que nos atraviesan —si bien también nos separa la raza y la clase— a todas como mujeres proletarias. Latinoamérica comparte un mismo pasado colonial, que dejó un atraso económico, el cual en muchos casos impide la integración al trabajo de millones de mujeres —que viven por y para el trabajo doméstico y de cuidado dentro de sus familias, sin propuestas claras de como colectivizarlo e integrar a ellos, por ejemplo, a los hombres; es además en estos contextos en los que son víctimas de las muchas caras que toma la violencia contra las mujeres— u obliga a varios millones de mujeres a sufrir una doble o triple jornada:

La mujer casada, la madre que es obrera, suda sangre para cumplir con tres tareas que pesan al mismo tiempo sobre ella: disponer de las horas necesarias para el trabajo, lo mismo que hace su marido, en alguna industria o establecimiento comercial; consagrarse después, lo mejor posible, a los quehaceres domésticos, y, por último, cuidar de sus hijos.
El comunismo y la familia, Alexandra Kollontai [19]

Es en este contexto en el que se da gran parte de la violencia contra las mujeres, en el de la institución de la familia, donde la mujer es, en teoría, únicamente la encargada del trabajo doméstico y de cuidado —nunca remunerado en el capitalismo y muchos menos compartido en colectividad—. Sin embargo, la práctica es diferente. Las mujeres cuidan, realizan trabajos del hogar, trabajan. Es en este contexto en el que viven muchas mujeres en Latinoamérica, territorio también atravesado por el racismo, la racialización y feminización de la pobreza, la precarización de «los trabajos femeninos» —usualmente labores de cuidados—, y el feminicidio, —que ocurre en ámbitos familiares o laborales.

Existe también un interés desde la literatura por hablar de todo aquello que nos atraviesa desde la ficción. La literatura de la imaginación —fantasía, ciencia ficción y terror— aborda todos estos temas desde miradas muy diversas. El horror y la esperanza, juntos, se dan cita en el lenguaje de las escritoras que imaginan otros mundos y otras posibilidades.

Estas tres obras y las situaciones que retratan a través de la literatura de la imaginación es sólo una pequeña parte de cómo se aborda, a través de la literatura, una situación que de ficción no tiene nada; en otras palabras, la imaginación nos acerca a la realidad de otras maneras. Liliana Bodoc, Martha Riva Palacio Obón y Mariana Enríquez no son las únicas escritoras que recuperan la problemática que implica «ser mujer» o hablan de la feminidad desde nuestro contexto; no son las únicas que hablan de la violencia que sufren las mujeres en el contexto de Latinoamérica dentro de la literatura de la imaginación en Latinoamérica. Se hace desde muchos ángulos y desde muchas perspectivas: las protagonistas de Verónica Murguía desde México, la reimaginación de Blancanieves de Camila Valenzuela en Nieve Negra desde Chile y muchos otros ejemplos.

Sus palabras desde la ficción son claras: «esta es la realidad de muchas mujeres, así viven, así vivimos». La denuncia y la crítica está allí, nos alcanza desde los mundos de la imaginación de las escritras, para quien quiera escucharla y oír el grito de América Latina: escribimos de nosotras y todo lo que nos atraviesa, queremos ser oídas, leídas.

Aquí estamos.

Bibliografía

[1] G. D. Miravete, «Soñarán en el jardín,» mayo 2018. [En línea]. Available: http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2018/mayo/so%C3%B1ar%C3%A1n-en-el-jard%C3%ADn-de-gabriela-dami%C3%A1n-miravete. [Último acceso: 14 octure 2020].

[2] E. Galeano, Mujeres, México, D. F.: Siglo XXI Editores, 2015. 

[3] G. Guerrero Vinueza, «El "otro oro" en la conquista de América: Las mujeres indias, el surgimiento del mestizaje,» Estudios Latinoamericanos, pp. 9-25, 2008. 

[4] L. Bodoc, Los días del fuego, Buenos Aires, Argentina: Santillana Ediciones, 2004. 

[5] V. Murguía, El fuego verde, México: Ediciones SM, 1999. 

[6] J. Monárrez-Fragoso, «Serial Sexual Femicide in Ciudad Juárez: 1993-2001,» Debate Feminista, vol. 25, 2002. 

[7] A. Hernández, «500 feminicidios en México en lo que va del año,» 07 04 2018. [En línea]. Available: https://www.huffingtonpost.com.mx/2018/04/07/500-feminicidios-en-mexico-en-lo-que-va-del-ano_a_23405263/.

[8] M. Salguero, «Feminicio en México,» [En línea]. Available: https://www.google.com/maps/d/u/0/viewer?mid=174IjBzP-fl_6wpRHg5pkGSj2egE&ll=22.9523095953723%2C-101.4161826021728&z=5.

[9] L. Carrión, La fosa de agua, México: Editorial DEBATE, 2018. 

[10] M. Riva Palacio Obon, Frecuencia Júpiter, México: Ediciones SM, 2013. 

[11] Ni Una Menos, «#NiUnaMenos,» [En línea]. Available: http://niunamenos.com.ar/. [Último acceso: 22 06 2018].

[12] M. Cruz, «#VivasNosQueremos: Los mensajes de las mexicanas durante la marcha contra el machismo,» Verne, 2016 04 24. 

[13] Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, «Implementación del Tipo Penal Feminicidio en México: Desafíos para acreditar las razones de género 2014-2017,» México, 2017.

[14] M. Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego, Buenos Aires, Argentina: Editorial Anagrama, 2016. 

[15] N. Varela, Feminismo para principiantes, Barcelona, España: EdicionesB, 2008. 

[16] Redacción SinEmbargo, «Pablo descuartizó y quemó a una joven; fue sentenciado, pero salió libre. Ahora busca pareja en Tinder,» 22 junio 2018. [En línea]. Available: http://www.sinembargo.mx/22-06-2018/3432335. [Último acceso: 29 junio 2018].

[17] Redacción Clarín, «Hizo una denuncia contra su novio, él la obligó a levantarla y luego le prendió fuego,» 27 diciembre 2017 . [En línea]. Available: https://www.clarin.com/sociedad/hizo-denuncia-novio-obligo-levantarla-luego-prendio-fuego_0_SkFFa7b7G.html. [Último acceso: 29 junio 2018].

[18] Redacción Clarín, «Murió la chica quemada por su novio en Merlo durante una discusión,» 7 marzo 2018 . [En línea]. Available: https://www.clarin.com/sociedad/murio-chica-quemada-novio-merlo-discusion_0_rkua5UTdz.html. [Último acceso: 29 junio 2018].

[19] A. Kollontai, «El comunismo y la familia,» Marxist Internet Archive, 2002. [En línea]. Available: https://www.marxists.org/espanol/kollontai/comfam.htm. [Último acceso: 29 junio 2018].

 

jueves, 17 de marzo de 2016

Borderlands/La Frontera, Gloria E. Anzaldúa | Reseña

Sinopsis: First published in 1987, "Borderlands" has become a classic in Chicano border studies, feminist theory, gay and lesbian studies, and cultural studies. Anzaldua, a Chicana native of Texas, explores in prose and poetry the murky, precarious existence of those living on the frontier between cultures and languages. Writing in a lyrical mixture of Spanish and English that is her unique heritage, she meditates on the condition of Chicanos in Anglo culture, women in Hispanic culture, and lesbians in the straight world. Her essays and poems range over broad territory, moving from the plight of undocumented migrant workers to memories of her grandmother, from Aztec religion to the agony of writing. Anzaldua is a rebellious and willful talent who recognizes that life on the border,"life in the shadows,"is vital territory for both literature and civilization. Venting her anger on all oppressors of people who are culturally or sexually different, the author has produced a powerful document that belongs in all collections with emphasis on Hispanic American or feminist issues.

Desde que leí a Sandra Cisneros (Caramelo y La casa en Mango Street) he estado buscando desesperadamente literatura chicana. No mexicana. No, chicana, escrita en inglés y publicada en inglés por inmigrantes en Estados Unidos. Preferentemente de chicanos, mexicanos, pero cualquier inmigrante está bien o hijos de migrantes, me da exactamente igual. Gloria E. Anzaldúa es Texana de sexta generación, dice el libro; su familia ya estaba allí cuando Texas era aun territorio mexicano, antes de que declarara su independencia en uno de los gobiernos de Santa Ana, antes de que se anexara a Estados Unidos y los blancos arrasaron con las tierras de los mexicanos, relegándolos para siempre. Nació siendo mexicana y americana a la vez, de una cultura que ya no era la mexicana que habían conocido sus antepasados, pero que tampoco es estadounidense. Ella misma lo dice en las primeras páginas del libro:
This land was Mexican once,
was Indian always
and is.
And will be again. [...]
The U.S-Mexican border es una herida abierta where the Third World grates against the first and bleeds. And before a scab forms it hemorrhages again, the lifeblood of two worlds merging to form a third country — a border culture.
Gloria E. Anzaldúa
Borderlands/La frontera es un libro de identidad, la pérdida de ella y su búsqueda. Está dividido en varias partes, pero al menos yo lo dividí en mi cabeza en dos grandes pedazos. La primera mitad, más o menos, son ensayos. Todo el resto son poemas de Gloria E. Anzaldúa. El libro entero está escrito en spanglish y hay muchas cosas que no tienen traducción (aunque pequeños pedazos en los poemas sí que tienen una traducción al final) lo que da una pista al público al que va dirigido: a los mismos chicanos y mexicanos. De todo el libro, prefiero a la Gloria ensayista y, de los poemas, prefiero a la Gloria que los escribe en español. Sin embargo, tengo que decir que a pesar de los altos y bajos del libro, es magnífico. 

¿Por dónde empiezo? Gloria se usa a sí misma (y a sus conocidos) para analizar la cultura de la frontera, la de Texas. De como no son ni mexicanos ni americanos. De como su español tiene acento y su inglés también y toda su vida han escondido uno u otro según con quien hablan o a quien se dirigen. Habla de como sus maestros los castigaban por ser demasiado mexicanos: hablar español. De como su madre sufría cada que hablaba inglés como inmigrante porque decía que nunca encontraría trabajo y de cómo se ha visto discriminada por los mismos mexicanos al usar su acento chicano. 

Coatlicue
Anzaldúa dice cómo los mexicanos son más espirituales que los estadounidenses, cosa en la que sinceramente no estoy tan de acuerdo. Creo que cada quien es diferente y es un mundo y nosotros como cultura no nos escapamos de eso. Pero aprovecha esa espiritualidad para analizar la identidad que llevamos los mexicanos, con la influencia de Coatlicue, la madre tierra de los Aztecas que dio a luz a Huitzilopochtli (el dios de la guerra) después de embarazarse con una pluma, de la Malinche, una de las esclavas que le regalaron los tlaxcaltecas a Hernán Cortés y que fue una pieza importante en la conquista y, finalmente, como mexicanos, de la Virgen de Guadalupe, la otra cara de Tonantzin, un título azteca que significa Nuesstra Madre Verdadera y que se le daba principalmente a Coatlicue y a Cihuacoatl (la Mujer Serpiente). Quizá me sentí identificada porque así atea como soy he oído a la gente renegar de la Malinche toda la vida y he presenciado la veneración que se le tiene a la virgen de Guadalupe.

Es una lástima que siento que Anzaldúa teme dar conclusiones certeras, pero me gusta el análisis que hace. Usa todo para analizar su propia cultura, a la que llama "a border culture" (una cultura de la frontera) y a situarse a sí misma en ella, como mexicana, lesbiana, como chicana, como estadounidense. Lo mismo hace con su lengua y sus raíces. Más arriba ya dije que Gloria menciona en cierta parte del libro que su mamá se horrorizaba al oírla hablar inglés con acento mexicano porque decía que le sería imposible conseguir trabajo. Tiene una cultura que siempre se ve forzada a caminar entre dos idiomas y ninguno es de ellos: el inglés lo hablan con acento, el español también. 
Deslenguadas. Somos las del español deficiente. We are your linguistic nightmare, your linguistic aberration, your linguistic mestisaje, the subject of your burla. Because we speak with tongues of fire we are culturally crucified. Racially, culturally and linguistically somos huérfanos —we speak an orphan tongue
La cultura, la lengua y la identidad son una gran parte de lo que escribe y presenta Anzaldúa en este libro. Es casi todo el libro, aunque también aprovecha para hablar de ella misma y su escritura y de su sorpresa la primera vez que vio a un Chicano publicado y se convenció de que ella también podía lograrlo. Sus poemas siguen la misma línea y ocupan poco más de la mitad del libro. Pero si no les gustara la poesía y aun así les interesara el tema del libro, les aseguro que el libro lo vale todo sólo por sus ensayos y sus análisis. 

Desfile del Cinco de Mayo en Houston, Texas. 2013.
Anzaldúa, sin glorificar su cultura, también hace notar el machismo existente entre los mexicanos y lo que les han enseñado: "calladita te ves más bonita". También, ¡por fin!, hace notar que la palabra machismo viene del inglés, al menos para ellos, y que para sus padres, ser macho no era algo malo: significaba ser fuerte para poder proteger a sus esposas y a sus hijas. La connotación negativa llega después, con el feminismo y los movimientos de liberación. Deja claro que las mujeres ya no quieren ser protegidas, sino andar a la par de los hombres

Libro recomendado, sobre todo para los mexicanos. lo leí en inglés (desconozco su el libro está traducido), pero el libro entero está en spanglish: tiene expresiones mexicanas (norteñas en su mayoría) en todas y cada una de las páginas, recordándonos que, antes que cualquier otra cosa, Gloria es Chicana. Muy recomendado. Aquí abajo dejo la versión de Ensable Youak de La llorona, la canción que da comienzo a la segunda parte del libro.